En campaña IV






El sabotaje. Emilie Pouget

Emile Pouget pasaría a la historia del movimiento obrero en Francia por haber sido el autor del ensayo que a continuación publicamos. Escrito que marcaría de manera definitiva el desarrollo del movimiento sindicalista a nivel mundial, El sabotaje es de lectura obligada para todo aquel interesado en el desarrollo del derecho del trabajo.
El término, en sí, se convirtió de inmediato en vocablo propio del derecho positivo al haber sido añadido ipso facto en la casi totalidad de las legislaciones del trabajo del mundo entero. Miles de cosas terribles se han expresado en contra de esta herramienta obrera en su lucha en pro de su emancipación, sin embargo, si nos atenemos a lo expuesto por Pouget, el concepto de sabotaje, inmerso en la tremenda lucha de clases que cotidianamente se desarrolla por doquier, constituye un instrumento utilizado no sólo por la clase obrera, sino también por la burguesía. Descargar en PDF

La verdad...

La verdad: trabajar para vivir es más idiota que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión “ganarse la vida” como sinónimo de “trabajar”. En dónde está ese idiota.


Alejandra Pizarnik



El trabajo es el infierno



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CCOO y UGT u homenaje a la deserción


“Pocas cosas nos dan consuelo. Muchas nos afligen” – Lautréamont.

Conclusiones previas

La situación es realmente desoladora. Desde que a mediados del siglo XIX el movimiento obrero abrazara las ideas comunistas en sus distintas expresiones (anarquista, marxista, etc.) y tras un siglo de altibajos en su lucha, da comienzo un progresivo declive en las aspiraciones de la clase trabajadora, alcanzando en la actualidad un punto crítico, donde la lucha contra la sociedad de clases se ha reducido a pequeños e intermitentes espasmos.

Con esta afirmación no pretendemos asegurar que el conflicto entre la clase trabajadora y la clase capitalista haya terminado, que hayamos encontrado el modo de hacer confluir los intereses de unos/as y otros/as, que estemos ante el fin de la historia. Ni mucho menos. Esto nunca ocurrirá. De hecho, como ya hemos dicho en más de un número, la pugna entre clases sigue presente, y ahora, agudizada aun más por el actual contexto de reajuste del Capital. Pero, el problema es que mientras que entre nosotras/os se ha producido una desbanda, el Capital no cesa en su ataque, ahora a través de unas agresivas políticas necesarias para tratar de mantener el actual estado de las cosas. Como decía el multimillonario Warren Buffett, “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”.

Ante este árido presente, no es tan raro que el mínimo conato de choque, de riña entre clases, lo afrontemos con relativo entusiasmo. Un entusiasmo, en algunos casos, acrítico e ingenuo. El “mejor esto que nada” hace que la reflexión y el análisis queden en un segundo plano, y se instale una dinámica de apoyo silencioso por el miedo a perjudicar a estos movimientos, al creer que la crítica favorece más a nuestros/as enemigos/as que a nosotros/as mismos/as. Esto es algo que hemos comprobado recientemente, y nosotros/as, desde esta publicación, somos los/as primeros/as que entonamos el mea culpa. La admiración instalada en el entramado de los movimientos sociales, asambleas del 15-M, diferentes colectivos, partidos extraparlamentario y pequeños sindicatos, con las luchas, por ejemplo, de las/os mineras/os o de los/as profesores/as, es una muestra de esto que tratamos de explicar.

El conflicto minero, sepultado recientemente por las cúpulas sindicales, rápidamente aglutinó a un gran número de personas. La llegada de los/as mineros/as a Madrid y su recorrido por el centro de la capital junto a decenas de miles de nosotras/os al grito de “Lucha obrera”, los constantes enfrentamientos con la Guardia Civil, el sabotaje durante semanas de las vías de circulación de mercancías y personas, la imponente imagen del minero con el pasamontañas y el mono de trabajo, etc., entraron de lleno en el inconsciente colectivo de los movimientos de izquierda y/o anticapitalistas, y la influyente carga estética contribuyó al desarrollo de un apoyo con un gran peso emocional. Cuestiones como la colaboración interclasista, el cierre patronal, el papel de CCOO y UGT, la reflexión sobre el modelo energético, etc., quedaron en un segundo plano. Con esto no pretendemos insinuar que fuera un error el asumir por todas la lucha de los/as trabajadores/as del carbón, sino que a largo plazo, la falta de crítica, y por tanto de reflexión y aprendizaje, tan sólo nos perjudica a nosotras/os, como clase. El avanzar juntas/os, acompañando el camino con la crítica sincera, que parte del respeto y de la humildad, consigue que aunque encontremos dificultades en nuestro recorrido, entendamos mejor hacia donde nos dirigimos.

Pero la cuestión de este artículo es otra. Con esta introducción tan sólo pretendíamos dejar claros dos conceptos antes de entrar de lleno en el tema en cuestión: 1) que la lucha de clases sigue presente, aunque entre los/as de abajo se haya instalado el aislamiento, el “sálvese quien pueda” y el olvido de nuestro pasado de lucha; porque los constantes ataques en forma de recortes, privatizaciones, reformas legislativas, represión, etc., que vienen de la clase política y empresarial, no cesan. Y, 2) que la crítica, entre nosotras/os, desde la empatía, debe ser una constante como forma de aprendizaje, para ser efectivos/as en nuestra lucha por construir un modelo social, económico y político radicalmente diferente al vigente.

Entrando en materia

El asunto sobre el que nos gustaría reflexionar es el rol que cumplen los principales sindicatos del país (CCOO, UGT, sindicatos nacionalistas y aquellos sindicatos corporativos como los de funcionarios/as) en el actual contexto. Por tanto, se quedarían fuera del artículo tanto aquellos sindicatos influenciados por los principios libertarios como un análisis más general del sindicalismo y la lucha de los/as trabajadores/as, lo que no quiere decir que no pensemos que también merecen ser objeto de crítica sino que en este número hemos dado prioridad al primer tema, al comprobar con cierta preocupación como la ofensiva legislativa del Partido Popular está aglutinando en un frente muy difuso a sectores con intereses contrapuestos.

Las dos principales centrales sindicales (CCOO y UGT) se encuentran en un momento crítico. La intensa campaña de desprestigio y ataque llevada a cabo por los medios de comunicación de derechas, y el desencanto de su base más activa y comprometida de militantes, hace que les lluevan palos por todos lados. Y aunque el número de afiliadas/os sigue siendo elevado (más de un millón cada uno de ellos), no es arriesgado asegurar que este hecho no se debe al compromiso sincero con el proyecto por parte de un gran número de personas, sino más bien, a la nostalgia de un pasado de lucha combinada con la necesidad del carnet para optar a los múltiples servicios que ofrecen. Porque la realidad es esa, la evolución del modelo sindical ha finalizado con la transformación completa de las centrales sindicales en gestores de servicios y pataletas. La asesoría laboral, la cobertura legal, los cursos, los privilegios de los/as delegados/as, etc., son el sostén de una amplia filiación (si hasta ofrecen descuentos en electrodomésticos y viajes). Tristemente es a esto a lo que se ha reducido el sindicalismo de clase.

Estas macroestructuras sindicales que han creado tan sólo pueden mantenerse gracias a la generosidad del Estado en forma de subvenciones y concesiones. Pero en este contexto de crisis, donde el actual gobierno del PP está dispuesto a deshacerse de cualquier “carga” presupuestaria, sumado a la presión de los sectores más conservadores de su partido y de su electorado, los sindicatos tienen que andarse al loro para poder seguir manteniendo el chiringuito. Un ejemplo claro de la esperpéntica y crítica situación de los sindicatos, es la noticia aparecida en El País, el pasado 18 de septiembre, que informaba de la huelga indefinida que van a llevar a cabo los/as trabajadores/as de FOREM (una Fundación de CCOO) por un ERE presentado por el sindicato y justificado por la reducción de las ayudas públicas. Sindicatos presentando EREs amparándose en la legislación laboral contra la que convocaron una huelga general. Trabajadores/as haciendo huelga contra el sindicato en el cual están afiliados/as. Surrealismo llevado al extremo.

Además del tema económico, si cuando la situación es complicada no son capaces de dar la cara, el descrédito puede alcanzar cotas ya difíciles de gestionar.

Por estas dos razones (perspectiva de una mala situación económica y desprestigio social), desde hace un año, CCOO y UGT han intensificado su presencia en las calles, a través de protestas, o más bien, representaciones de protestas. Puro espectáculo que en ningún momento tiene la intención de plantear un serio problema al actual gobierno, tan sólo recuperar la legitimidad y la representatividad perdida.

El sindicalismo oficial a día de hoy no ha hecho más que demostrar su poco interés en pelear por cambiar aunque sea lo más mínimo la actual realidad económica y política. La falta de determinación y continuidad en la lucha es más que patente, y si no, ¿quién no recuerda las declaraciones de los líderes sindicales tras la última huelga general donde parecía que se iban a comer el mundo? ¿Dónde está la intensa campaña para derrocar la reforma laboral o la subida del IVA? ¿Dónde quedan esas constantes amenazas al gobierno? Su integración paulatina en el sistema ha finalizado. Las cúpulas sindicales no tienen nada que ver con nosotras/os, ni habitan nuestros barrios, ni comparten nuestro día a día en el tajo o en el paro (por ejemplo, Cándido Méndez, secretario general de UGT, lleva más de 30 años ocupando altos cargos en la política y en el sindicalismo). Si antes el sindicato era un medio, una herramienta para los/as trabajadores/as, ahora es un fin en sí mismo. El objetivo es la permanencia en el tiempo de estas estructuras burocráticas a toda costa, del chiringuito que les garantiza toda una serie de privilegios, aunque para ello tengan que firmar despidos, denunciar a otros/as trabajadores/as, desprestigiar y boicotear cualquier otra iniciativa de lucha, pactar con la clase política y empresarial, etc.

Tras la muerte del dictador, CCOO y UGT participaron en la elaboración de un modelo sindical que trasladaba los mismos principios bajo los que se rige la democracia parlamentaria al mundo laboral (verticalidad, delegacionismo, representantes que echan raíces en su cargo, etc.). El/la trabajador/a tan sólo tiene opción de votar cada x años a sus delegados/as, renunciando así a tener un papel activo en la lucha por sus derechos. Como mucho, en ciertas ocasiones, tiene el privilegio de asistir a una asamblea donde, no nos engañemos, las decisiones están tomadas de antemano.

Por ello, después de muchas puñaladas traperas, de silencios cómplices, de años y años disfrutando unos privilegios por pactar nuestra derrota; cada día nos enervan más, cuando firman con los/as empresarios/as y la clase política un acuerdo social, cuando boicotean las iniciativas de otros sindicatos o de asambleas de currelas, cuando en una rueda de prensa parece que van a por todas, etc. Por ello, no entendemos la insistencia de parte de los movimientos sociales y del 15M por hacer un frente común. Somos plenamente conscientes de la dificultad, o casi, de la imposibilidad, de convocar algún paro al margen, pero de ahí, a acudir a todos sus actos, sin una postura clara de denuncia sino más bien, con una actitud seguidista, no creemos que sea el mejor camino. Como hablábamos en la introducción, la crítica es imprescindible, pero, si bien, cuando tiene lugar entre nosotras/os, debe tender a ser constructiva, cuando se trata de aquellos/as que están dispuestos/as a vendernos una vez más, la crítica debe ser afilada y punzante.

Esta gente, hace tiempo trazaron el camino que aun continúan, y hace unos días, un representante de UGT nos lo recordó tras asegurar que el empresario no es el enemigo. Pretenden enterrar la lucha de clases, de hecho ellos/as ya desertaron, pero como también escribíamos unos párrafos atrás, la lucha de clases no puede acabar mientras sigan existiendo sectores sociales con diferentes intereses. Negar esta evidencia, y más en estos tiempos, cuando nos está cayendo la del pulpo, es asumir nuestra derrota. Por ello, nosotras/os proponemos lo que tantas veces hemos dicho ya, crear espacios de encuentro, organización, debate y lucha, bajo los principios de la hortizontalidad y el apoyo mutuo, o potenciar los que ya existen, como las asambleas de barrio. Romper el silencio al que nos sepulta este ruido mediático, a través de muchas formas, desde hablando sin tapujos de aquello que nos afecta, de aquello que nos da rabia, con nuestros/as iguales, hasta desarrollar medios propios (periódicos, panfletos, pintadas, webs, etc.) para hacer llegar a cualquier persona aquella información y reflexiones que creamos de interés. Aventurémonos, pero elijamos bien nuestras/os compañeros/as de viaje.

La participación en Galicia y País Vasco desciende respecto a 2009

La jornada electoral de este domingo ha dejado unos datos de participación más bajos que los que se registraron en los comicios de 2009.

En el País Vasco la participación ha sido del 65,83%.
En Galicia ha sido del 63,66%. 

http://www.abc.es/elecciones/gallegas/2012/abci-menos-participacion-ultimas-elecciones-201210211441.html

 

Uno de cada cuatro españoles ve a los políticos como un "problema"


Uno de cada cuatro españoles, un 26,9 por ciento, ven a la clase política y a los partidos como un "problema" para España, la cifra más alta de la serie histórica, solo superada por el paro, mencionado por un 79,3 por ciento, y los problemas económicos, que inquietan al 49,4 por ciento de los ciudadanos.

Así consta en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de septiembre, que refleja que la preocupación de los españoles por la clase política y los partidos continúa su línea ascendente, al subir un punto y medio desde julio.

Ugly Bastards: Orgullo cero





Currando 15 horas al día para poder consumir, mi espalda ya no siente nada ya no tendré que sufrir, 
en mi curro me divierto es como mi casa nos ponen la radio y los 40 nos cuenta que es lo que pasa. 
Mi trabajo con mi dignidad van de la mano donde llevo un móvil para estar comunicado (encadenado), 
mi jefe es mi colega da igual que sea mi amo, nos reímos juntos aunque yo sea su esclavo.
¡Orgullo obrero orgullo cero, no trabajes roba todo su dinero! Unxs amargadxs ayer montaron un lío, 
pues no les pagaban lo que habían prometido, mi jefe lo ha solucionado con unos cuantos despidos, 
luego me ha contado que eran poco productivxs. 
Admitamos la función del sistema actual: 
trabajar y consumir, 2 caras del mismo plan rompamos de lleno con esta injusticia y su crueldad, 
invirtamos todo el orden de esta sociedad. Porque la clase obrera ya no existe. 
Los sindicatos juegan al despiste. 

Los tedax sociales



Extraído del periódico Contramarcha

El trabajo quiere hacerse el importante


La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna. 
Rousseau . Filósofo francés. 1712-1778.

El trabajo tiende a adueñarse de nuestras vidas, especialmente en una sociedad que valora a las personas no por lo que son ni por lo que hacen, y ni siquiera por a qué se dedican, sino por el cargo que ostentan o detentan, dependiendo de los casos.

Antes, cuando ya se habían conquistado los derechos laborales más elementales, bastaba con cumplir un horario, lo que ya de por sí coartaba la libertad, la creatividad y la natural indolencia de los trabajadores, pero dejaba algunos atisbos de libertad.

Actualmente, en muchas empresas esperan que los empleados hagan horas extras o se queden cuando ya han terminado la jornada laboral para acabar el exceso de trabajo con el que los cargan sus superiores -más atentos a los beneficios que al bienestar de un personal que se limitan a usar-, o para solucionar los problemas que hayan surgido durante la jornada, sobre todo los que han provocado sus inútiles jefes. Es más, bajo el pretexto de que así las relaciones se dinamizan y los empleados están más a gusto y rinden más (eso es siempre importante), algunas empresas han empezado a incorporar el teletrabajo. Al final, estos falsos "trabajadores por su cuenta" tienen todas la obligaciones de los trabajadores que van a la oficina, e incluso más, porque los jefes no son precisamente especialistas en calcular cuanto tiempo se necesita para cada tarea, y muy pocas ventajas, porque trabajar en casa, por muy cómodo que pueda parecer, es la mejor manera de no desconectar nunca y entregar todo el día al trabajo. Además, los jefes no ven a sus empleados trabajar por lo que tienen la creencia interior de que se pasan todo el día sin hacer nada o les estafan horas y esfuerzos.

Hay casos espeluznantes de mandos, como los de aquellos que piensan que para hacer algo basta el tiempo necesario para decirlo o, peor aun, los que creen que al ordenar algo ya tiene que estar hecho. Podríamos caer en el error de pensar que los mejores jefes son aquellos que han realizado antes los trabajos que ahora encargan, pero no, cuando alguien viene del inframundo laboral y ha sufrido en propias carnes la injusticia, se ve normalmente insuflado de un afán vengador que le convierte en un perfecto malnacido sin sentimientos o, resumiendo, como dice el casi siempre sabio refranero español, "no sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió".

Ni arengas como "El trabajo es salud" -más que discutible pues nada más hay que ver como tenemos las cervicales todos los que escribimos en el ordenador y como tienen las lumbares o la espalda en general todos los empleados en trabajos físicos- han servido históricamente para convencernos de que es mejor trabajar y han dado pie a contra-respuestas mucho más interesantes como "¡Viva la enfermedad!". Si hasta las cajeras de los supermercados -que, a primera vista podría parecer que desempeñan un trabajo descansado- tienen tendinitis en el codo de mover los productos...

Si creen que efectivamente el trabajo es salud que trabajen los enfermos y si al cabo de seis meses empiezan a caer como moscas que rectifiquen y cambien la frase por "El trabajo es enfermedad". O que, como al tabaco, pongan en los puestos de trabajo grandes letreros informando: "El trabajo mata", "Trabajar puede crear graves problemas de salud" o "El trabajo puede crear impotencia".

La larga resistencia contra el trabajo está en los últimos tiempos quebrándose con el culto a la actividad, a la utilidad y al éxito, otro concepto que ha sido ganado por el poder y que actualmente se relaciona exclusivamente con el trabajo. Parece que todo lo que no hayas hecho antes de los 30 años no lo vayas a hacer nunca. Y no. Y, en todo caso, ¿si es algo que no quieres hacer, qué importa si lo has hecho o no o si lo vas a hacer o no? Es más, incluso puede ser un importante éxito no hacer algo que te quieren imponer los demás o que la sociedad considera necesario.

Y esto nos lleva a una consideración clave: el hedonista, el vago y el hedonista perezoso son rebeldes, por sistema y por naturaleza.

Alicia Misrahi.
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Contra la basura nacional-socialista




Asto pituak: altrabuces y consuegras





Ni vascos, ni navarros, ni españoles, ni europeos, anarkopunks contra el fascismo, apátridas y ateos.
Ni vascas, ni navarras, ni españolas, ni europeas, anarkopunks contra el fascismo, apátridas y ateas.
Ni vascos, ni navarros, ni españoles, ni europeos, somos lo que queremos.
Ni vascas, ni navarras, ni españolas, ni europeas, somos anarkopunks.
Rompe el gentilicio que te ata, rompe el gentilicio que te separa, haciendo una opresión de la cultura,
del concepto de nación una tortura.
Siento nauseas al ver tu bandera, porque sé lo que representa. Necesitas de un territorio
delimitando el etnocentrismo, necesitas de un ghetto de mierda para implantar la independencia,
pero dime, ¿dónde está el cambio?, si no te cuestionas del poder la existencia.
Rompe el gentilicio que te ata, rompe el gentilicio que te separa, haciendo una opresión de la cultura,
del concepto de nación una tortura.
Sucias mentiras muy bien adornadas con tu dialéctica de finas palabras. Pero en la esencia
de vuestro montaje, se dilucida un grado de anclaje que nos enseña la base del engaño
en el que se sustenta el nuevo estado.
Menudo chiste sobre la libertad, la misma injusticia con otra nacionalidad.

Nacionalistas dais asco



Pintada encontrada en el barrio de Gracia de Barcelona

Orang Hutan


Orang Hutan en malayo significa "hombre de la selva"; son bastante inteligentes y hay un dicho malayo que dice que si no hablan es para que la humanidad no les ponga a trabajar.

Contra el capital. Acción directa y organización fuera y contra del sindicalismo


El deterioro cada vez más insoportable de las condiciones de vida de los proletarios avanza al ritmo frenético del proceso de producción y circulación mercantil. No hay ni un pedacito de planeta que escape a la lógica de la economía. Sangre, muerte, miseria, explotación, opresión, destrucción, alienación... esa es la base material de la que se alimenta el progreso, la civilización, el capitalismo.

Los incesantes y crueles latigazos que castigan nuestra maltrecha existencia en todos los ámbitos de nuestra “vida” son la expresión más cristalina de la esencia de esta sociedad. La salud de la economía, de la empresa, está por encima de la vida humana. La cuenta dineraria de los burgueses domina el mundo. Los esclavos asalariados deben sacrificarse para mantener en pie su propia esclavitud. La vida de la inmensa mayoría de la humanidad debe ser llevada más allá de cualquier límite para salvaguardar las arcas del capital, para evitar la bancarrota de este sistema moribundo. Los gobiernos de todo el mundo y de todos los colores, en tanto que representantes del mundo del dinero, aplican las mismas medidas terroristas que exige el capital por todos lados.

Frente a esto, los proletarios sólo tenemos, como siempre, dos alternativas: luchar o reventar. Organizarnos para defender nuestras necesidades frente a las de la economía capitalista, o agachar la cabeza y aceptar como corderitos los sacrificios que nos imponen y que nos coloca en el matadero mediante hambre, guerras, deterioro de salud, mediocridad cotidiana, destrucción del planeta...

Dejemos de engañarnos, dejemos la fe para los religiosos, no hay medias tintas. Las reformas, las diversas alternativas que nos ofrecen un capitalismo de rostro humano, con diferentes formas de producción y distribución, el gestionismo, el ciudadanismo, el decrecimiento, la antiglobalización, el recambio en el gobierno, las negociaciones sindicales y todas las demás variantes que pretenden cambiar el mundo sin revolución, son maniobras para enredarnos y destruir toda tentativa de lucha. Son mecanismos y aparatos para colarnos todo lo que quieran.

Si hoy los sindicatos nos llaman a un paro general, que osan llamar huelga, y hablan de “salir a la calle” es precisamente para sabotear nuestra lucha. Para encuadrarnos, para controlarnos, para mantener la paz social mediante simulacros de oposición. Para que las respuestas a los ataques contra nuestras condiciones de vida transcurran por los cauces legales de la democracia, lo que significa que todo siga igual o peor aún. Recordemos el pasado paro del 29 de septiembre de hace dos años que ejemplifica esa parodia que canaliza el descontento social.

No es ningún descubrimiento afirmar la imposibilidad de luchar bajo el corsé del sindicato, o del partido. Nuestra historia, la historia de la lucha de clases, nos enseña con terribles derrotas esta evidencia. Ignorarla permite reforzar los grilletes que nos mantiene sometidos a la dictadura democrática del capital. Allí donde acaban los aparatos del Estado y comienza la organización autónoma del proletariado para derribar al capital, comienza también la posibilidad de una vida humana. Asumir esta necesidad y estructurar nuestra lucha rompiendo toda separación sectorial, toda ideología, en tanto que falsa consciencia de la realidad, y todas las divisiones que nos imponen (parados/activos, temporales/fijos, autóctonos/inmigrantes, estudiantes/trabajadores...) es hoy tan indispensable como respirar en un entorno sin polución.

Desde luego no será con un paro sindical, ni con firmas y suplicas de buenos ciudadanos pidiendo clemencia a sus amos, ni con pacíficos paseos por las calles, ni nada por el estilo como podamos hacer frente al deterioro de nuestra miserable “vida”. Será, como siempre, unicamente con la violencia organizada de nuestra clase tomando la calle, haciendo saltar por los aires a todo ese circo reformista, asumiendo de forma intransigente la lucha contra la dictadura de la economía para imponer las necesidades humanas, para defender la vida frente a la muerte, será así como conseguiremos oponernos realmente a los ataques del capital y plantear la supresión de todas las condiciones existentes.

- Impidamos la circulación de la mercancía. Cortemos las carreteras, las vías de tren...
- Bloqueemos la producción. Organicemos piquetes en fábricas, oficinas, colegios...
- Expropiemos la producción acumulada en supermercados, almacenes...
- Boicoteemos u ocupemos los medios de comunicaciones burgueses.
- Organicémonos para combatir la represión.
- Rechacemos todo sacrificio, toda defensa de la economía nacional.

la economía está en crisis... ¡que reviente!

CONTRA LA DICTADURA DEMOCRÁTICA DE LA ECONOMÍA...
...POR LA DICTADURA DE NUESTRAS NECESIDADES HUMANAS


Estáis despedidos



Lameculos


 Salario base


Bonificación por rendimiento 


Incremento máximo


Crítica a los métodos sindicales. Alfredo Bonanno





El debate en torno al sindicalismo viene ya de antiguo, hoy vuelve a cuestionarse su rol y su utilidad. ¿Es un medio un fin en sí mismo? ¿Es el anarcosindicalismo una alternativa viable? ¿Sirve para desarrollar la autonomía y la acción directa o por el contrario las anula? ¿Es posible impedir su progresiva burocratízación e institucionalización? ¿Tiene sentido encuadrar a las masas bajo una sola organización? Descargar en PDF

Raphael: la canción del trabajo




Versión original: Rico Rodriguez "work song"

El sindicato o la muerte (1906) Albert Libertad


Dicen que los lobos no se devoran entre sí.

Tengo muy pocos conocimientos personales sobre las costumbres de tales bestias como para permitirme creer que este dicho es menos idiota que la mayoría de los dichos.

Si, por casualidad, fuese exacto, para nosotros no probaría más que una cosa: que entre los hombres y los lobos hay, amen de las disparidades zoológicas, una fenomenal diferencia de apetitos.

Es probable, y hasta seguro, que la civilización, tan maravillosamente favorable al desarrollo de nuestros más salvajes instintos, haya destruido en nosotros los escrúpulos que nuestra ferocidad acaso tenía en común, en mejores tiempos, con la de los lobos.

Ya no nos hallamos, ay, en la antropofagia vulgar; aquella que se contenta precisamente con degollar, trinchar, cocinar y digerir carne humana. Tales procedimientos simplistas han quedado relegados a ciertas latitudes tropicales, en las cuales, aunque al parecer cada vez menos, siguen aplicándose.

En nuestro caso, en los buenos países privilegiados, donde el progreso se ha abierto paso, nos devoramos con una glotonería tanto menos escrupulosa cuanto que podemos cocinarnos de mil fáciles maneras, por no decir de lo más agradables.

Pero, naturalmente y como en las demás manifestaciones del ya mentado progreso, es el obrero, el proletario, el que marcha siempre a la cabeza. Soberanos, financieros y burgueses no desdeñan devorarse entre sí. Sin embargo, sea porque un gusto poco glotón por una alimentación que están expuestos a proveer una vez se han servido de ella, sea porque comerse al pueblo tiene para ellos un mayor atractivo, es éste el régimen alimentario por el que los susodichos, casi de manera general, muestran su preferencia.

El proletario, por su parte, carece de tales remilgos. Se gusta con todas las salsas y, bien o mal sazonado, joven o viejo, tierno o correoso, macho o hembra, se devora con un apetito que es prácticamente además el único testimonio creciente de estima del que dispone.

Id a la ciudad o al campo, entrad en la fábrica, en el taller, en la oficina, en cualquier lugar, en fin, en el que los pobres forzados trabajan obstinadamente para engrosar la fortuna de un amo cualquiera, en todos lados constataréis que, tras el ardiente deseo de conquistar y mantener la estima del patrón, el sentimiento más extendido es el encarnizamiento en la lucha contra los compañeros de trabajo o de miseria.

¿De verdad está el proletario orgulloso de su esclavitud? ¿Feliz con su mezquindad? A saber. En todo caso, el obrero se muestra más y más ferozmente celoso de cualquiera que, en su mismo rango, condenado a la misma cadena, intenté romper las ataduras y ganar algo de bienestar o libertad.

¿Que hay alguno que rehúsa alojarse en un barrio sucio o en un apestoso cuartel? ¿Que prefiere ropas buenas o hermosas de su elección a los uniformes de trabajo? ¿Que material e intelectualmente eleva sus deseos, refina sus gustos? ¿Que sobre todo, en fin, procura liberarse de toda dominación patronal para trabajar solo y a voluntad? Inmediatamente, casi desde cualquier parte entre las filas de sus hermanos, se alza un grito de furioso odio.

¿Que hay otro, al contrario, que, queriendo protestar por otros medios contra la labor impuesta o dar testimonio de su asco por la vida doméstica, se refugia en la privación de todo para no trabajar, y se condena a las noches sin techo, a los días sin alimento, a las intemperies sin ropa? Contra ese que escapa por una carretera en sentido opuesto sus propios compañeros de cadena lanza furiosamente el mismo grito.

No es cosa, en suma, para el obrero, de buscar un principio de libertad o de tomar un adelanto de felicidad ni en el trabajo libre ni en la franca ociosidad; ni en lo mejor ni en lo peor. Debe quedarse donde está; en la fila, bajo la mirada y la mano del amo, dócil, pacientemente, como los camaradas… ¡y no dárselas de listo!

De buena gana podría uno imaginarse todavía que la servidumbre aceptada, el trabajo asalariado admitido, el común yugo soportado sin respuesta; que el obrero, en fin, en tales condiciones encuentra entre sus semejantes una cierta simpatía, una mayor solidaridad, una compensación más o menos grata a su parte consentida de miseria.

¡Ingenua suposición!

Los trabajadores son inmisericordes no sólo con quien deserta de sus filas para elevarse o apartarse, para gozar o para sufrir, sino sobre todo con quien pena y se mantiene entre ellos.

¿Tienen el amo o el capataz necesidad de guardia, de vigilancia, de policía, de defensa contra uno o varios de sus esclavos? Nueve de cada diez veces, no encontrarán guardianes más fieles, vigilantes más activos, agentes más celosos, defensores más ardientes que los propios compañeros de esos desgraciados.

Se denuncian cada día, además con razón, aunque por ciento muy poco violentamente, a la administración y a la compañía que cesan a los empleados, a los patrones que despiden, a los propietarios que desalojan, a los enriquecidos que marginan.

Las canalladas de tales bribones no resultan atenuadas por la cobardía de aquellos que los sirven. Pero dicha cobardía tampoco tiene excusa.

En ocasiones se oye decir que el desgraciado amargado por su impotencia, el trabajador irritado por su continuo e inútil esfuerzo, conciben malos pensamientos cuyos retorcidos caprichos pagan sus semejantes, y no los amos, que se sitúan demasiado alto como para ser alcanzados.

¡Se puede ir muy lejos con una teoría así!

Los trabajadores no se ayudan, se perjudican incluso; es innegable. Al menos así ocurre en la práctica, lo que es esencialmente grave.

Para defender una actitud tal, todas las razones imaginadas son malas.

Bajo el pretexto de la liberación, el proletariado da en el momento actual un penoso ejemplo de su empecinamiento en la servidumbre y de su feroz voluntad de mantener aprisionado en ella al mayor número posible de sus propios hijos.

El proletariado se forja una cadena nueva y más pesada, inventa para su uso personal una patronal más intratable, una autoridad más tiránica que todo lo que se le había impuesto en el pasado.

El sindicato es, por el momento, la última palabra de la imbecilidad y, a la vez, de la ferocidad proletaria.

Este nuevo sistema de degüello mutuo se propaga por el mundo de los trabajadores. Y la complacencia de los poderes públicos o privados al no oponerle más que resistencias hipócritas es de una lógica perfecta.

Los sindicatos disciplinarán con mayor fuerza que nunca a los ejércitos del Trabajo y los convertirán, por las buenas o por las malas, en aun mejores guardianes del Capital.

En un reciente berreo electoral, un obrero tipógrafo vino a proclamar, desde lo alto de una tribuna, que todos los obreros no sindicados eran lo enemigos del proletariado, falsos hermanos con los cuales no debía haber ningún miramiento ni piedad.

Y la multitud de los sindicados aplaudió frenéticamente.

Los demás trabajadores pueden morirse de hambre, de enfermedad, de miseria.

Los patrones o los compañeros que acudan en su ayuda serán, por la misma razón, expuestos a la indignación pública.

El sindicato o la muerte.

Todavía no hemos llegado del todo a esto, pero poco más o menos, en realidad. Y con poco que esta monstruosa ceguera se agrave, la alternativa se impondrá sin remisión.

Es lo que faltaba, en verdad, para completar la siniestra farsa de emancipación con la que se nos habría engañado desde hace más de cien años.

Por otro lado, lo menos que puede uno esperarse al decir hoy en día algo así es ser calificado de cretino en materia de historia o de acémila en materia de economía social.

O bien dejarse devorar por el Capital o bien devorarse entre ellos (y, por el momento, ambos se complementan); puede preverse sin gran fatuidad hacia qué especie de liberación se encaminan los proletarios.

¿Se decidirán a probar otra cosa?

Albert Libertad