Contratos basura a tres euros la hora.


Contratos basura a tres euros la hora: así es el trabajo de los encuestadores telefónicos en España



El pasado junio, Julia (nombre ficticio) ganó poco más de 900 euros. Todo un gran sueldo para los 500 o 600 que suele ingresar al mes como encuestadora telefónica. La contrapartida de ese salario extra es que tuvo que trabajar a destajo: jornadas de siete horas diarias, a veces, 12, siete días seguidos de trabajo y tan solo uno de descanso.

Los sondeos electorales y las encuestas internas de los partidos políticos encargadas para las pasadas elecciones generales del 20 de junio le proporcionó un pico de trabajo inusual al comienzo de verano, mejorando su sueldo a cambio de largas jornadas laborales.

"Te amenazan y directamente te dicen que si no quieres trabajar ya lo hará el siguiente y el problema es que si te quejas ya no te vuelven a llamar", describe Julia, de 45 años, sobre una de las varias empresas en las que lleva trabajando como encuestadora telefónica a lo largo de los últimos ocho años.

Tras los errores en los resultados de los últimos sondeos políticos, VICE News ha hablado con el último eslabón de la cadena, las personas que se encargan de llamar a los encuestados, y todos ellos denuncian las precarias condiciones laborales de un sector en el que trabajan mayoritariamente mujeres de entre 40 y 60 años y cuyo nuevo convenio laboral lleva negociándose entre patronal y sindicatos casi seis años.

Los trabajadores entrevistados por VICE News piden que no se les identifique por su nombre real y que no se aporten detalles que puedan ayudar a revelar su identidad.

Como Julia, el trabajo de todos ellos depende de que una u otra empresa les llame para el siguiente estudio. Los contratos suelen ser por obra y servicio. Los que llevan más tiempo son fijos discontinuos, es decir, si no hay trabajo se les manda a casa con la seguridad de que les llamarán para la siguiente encuesta, aunque eso no es siempre una garantía.

"En la empresa donde más trabajo existen dos listas, la A, donde están los que llevan más tiempo, y la B, donde estamos el resto, tiran de la primera y si eres de la segunda simplemente te dicen que al día siguiente no vengas", explica Julia.

El convenio relativo a las empresas de consultoría y estudios de mercado y de la opinión pública, que está vigente, mientras no se apruebe uno nuevo, establece para los encuestadores un sueldo bruto anual de en torno a los 9.000 euros, lo que sitúa la hora en 4,68 euros.

Los trabajadores entrevistados señalan que su sueldo neto a la hora suele variar entre los 3 y los 5,80 euros, dependiendo de la empresa que les contrate. "En un mes, si trabajo todos los días y no hay festivos llego a ganar 500 y pico euros", cuenta Marta, de 51 años, quien lleva cerca de tres lustros trabajando en el sector. En su casa viven tres personas y cuando el sueldo no le llega dobla turnos en dos empresas.

"Yo cobro más cuando estoy en paro [cobrando el subsidio por desempleo]", continúa. Pero su prestación por desempleo suele guardarla para los meses que sabe que no habrá trabajo, habitualmente, verano y el periodo de las fiestas navideñas. Este año ha sido inusual y todas han tenido más trabajo por la repetición de elecciones.

Las condiciones laborales varían de una empresa a otra, pero la gran mayoría de las entrevistadas relatan situaciones parecidas. "Como la marcación es automática cuando te levantas al baño hay un orus [un reloj que se pone en marcha en cuanto el trabajador mete su clave] en el ordenador que tienes que parar para que detenga las llamadas. Entonces, otro reloj se pone en marcha para contabilizar el tiempo que estás de descanso, si te pasas te lo descuentan y si vas al baño, también", señala Marta.

Cuando comienza un nuevo estudio, la empresa que lo encarga o que contrata a los encuestadores explica la metodología y las cuotas que son necesarias —perfiles de sexo y edad—. "Suele durar mínimo una hora y nunca te lo pagan", afirma Belén, de 42 años, quien ante la falta de trabajo en su sector decidió trabajar como encuestadora este último año.

La Asociación Nacional de Empresas de Investigación de Mercado y Opinión Pública (Aneimo) agrupa el 62% de las empresas del sector, según explica a VICE News su gerente, Juan Ramón Navarro. De ella forman parte Grupo Análisis e Investigación, Ipsos o TNS/Kantar. No forma parte de la patronal del sector, Sygma Dos, cuyos sondeos políticos fueron numerosos en las anteriores elecciones y es una de las empresas mencionadas por los trabajadores.

La gran mayoría de los sondeos se centran en el consumidor, en estudios políticos y de opinión.

"El briefing inicial de los estudios está dentro de las encuestas y estas se pagan al completo", subraya Navarro respecto a las horas no remuneradas que denuncian los trabajadores. VICE News se puso en contacto con Sygma Dos para recabar su información pero declinaron alegando que todos sus responsables estaban de vacaciones.

Los espacios en los que trabajan los encuestadores suelen ser reducidos y sin apenas luz natural. Habitualmente son salas en las que llega a haber unos 40 trabajadores. Se sientan en mesas de cuatro puestos con la espalda prácticamente pegada a la del compañero de detrás.

"Piensa en el locutorio más cutre [en mal estado] y acertarás", describe Belén. Los trabajadores denuncian que las sillas suelen tener más de 20 años. Los equipos no se quedan atrás y en varias empresas aún emplean pantallas de tuvo catódico, que ocupan más espacio en las mesas y desprenden más calor.

Los descansos —no incluidos en el convenio— son los pactados con los sindicatos, explica el gerente de Aneimo. La realidad que cuentan los trabajadores es que depende de cada empresa y de cada estudio, y en el briefing inicial se informa a los encuestadores de cuándo pueden descansar. A veces son cinco minutos cada hora —como el establecido en el sector de Telemarketing—, otras cada cuatro horas.

"Lo demás te lo descuentan", sostiene Belén, quien explica que en la última empresa que estuvo solo había dos baños para 40 encuestadores, la mayoría mujeres. "Te tirabas en el servicio por lo menos siete u ocho minutos porque no había suficientes baños", señala.

Varias de las entrevistadas aseguran que cuando firman sus contratos solo ven que sus días de trabajo son de lunes a domingo. "Sé que está bien porque cuando voy al paro veo que el certificado de empresa está correcto", señala Julia, quien cuenta que alguna vez que ha pedido que le den más detalles, como saber su categoría, el convenio por el que se rige o su nómina "hasta se han sentido ofendidos" por la petición.

Las empresas nunca les dicen cuántos días va a durar la encuesta. "Ya ni lo preguntas pero no tienes manera de saber si vas a faltar y poder terminar porque no te dan la información", explica Marta, quien cuenta que es habitual que mucha gente deje el trabajo a mitad de una encuesta. "Si faltas te exigen justificante médico incluso sabiendo que ese tiempo que no has estado no te lo van a pagar", dice.

La responsable de Acción Social de Seguros y Oficinas del sindicato UGT, María Pedraza, explica que las condiciones laborales del sector reflejan "de forma brutal la precarización que ha sufrido el mercado laboral los últimos años".

En este contexto, los sindicatos han puesto sobre la mesa de negociación algunas mejoras como que los contratos discontinuos se conviertan en fijos a los cuatro años, que las órdenes de llamamiento se hagan públicas o que el día anterior a la incorporación se entregue una relación de trabajadores convocados. "La negociación lleva paralizada nueve meses y esperamos poder retomarla en otoño", explica la responsable sindical.

"Lo única ventaja de este trabajo es que no te piden titulación ni experiencia porque ya me contarás quién me va a contratar a mí con 51 años y sin estudios", relata Marta, quien explica que es un sector muy feminizado.

"A veces es un trabajo muy ingrato porque te llevas malas contestaciones de los encuestados, hasta que se dan cuenta de que no les queremos vender nada", cuenta Blanca, de 39 años, quien lleva más de 10 años en el sector.

Hacen encuestas sobre laboratorios médicos, centros comerciales, de satisfacción con bancos, servicios públicos y por supuesto sobre política: acerca de lo que los encuestados van a votar, han votado, o su opinión sobre Pablo Iglesias, el líder de Podemos.

"Las encuestas han fallado porque la gente miente y cambia de partido como de camisa", opina Blanca, quien, a diferencia de la mayoría de los españoles, desea la celebración de unas nuevas elecciones. Para ella y para sus colegas de trabajo eso significa nuevos sondeos y dinero.



Los escoltas 'fitipaldis' del diputado Soler (PP)


Los escoltas 'fitipaldis' del diputado Soler (PP): 6.700€ en multas y 34.000 en comidas


Multas de tráfico a cargo del erario público. El PSOE, que gobierna en Getafe (localidad del sur de Madrid de 175.000 habitantes), afeó en el último pleno municipal, que debatía el estado de la ciudad, que el Consistorio ha tenido que pagar las multas por las imprudencias al volante cometidas por el coche oficial del anterior alcalde, Juan Soler (PP), actual concejal, diputado autonómica en la Asamblea de Madrid y senador. Las sanciones ascienden a 6.700 euros durante la legislatura que Soler fue regidor, entre 2011 y 2015. Soler no pudo escuchar las críticas en directo, porque dejó el Pleno municipal celebrado el pasado 14 de julio para acudir a otro Pleno, el que se celebraba en la Asamblea de Madrid.



Il lavoro




Seguro se lo inventó el dueño de una empresa




"Las cosas no se cambian en la calle y sí en las instituciones"


Pablo Iglesias: “esa idiotez que decíamos cuando éramos de extrema izquierda de que las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira”

e puede y existen partidos de izquierda que adhieren a la vía electoralista como una opción más. Esto es otra cosa. La utilización por parte de una agrupación de los discursos de la derecha que clasifican las ideologías sitúa nítidamente a un partido y sus dirigentes, pero por sobre todo genera un alerta. ¿Estará diciendo que la izquierda es el PSOE? ¿Qué la izquierda es Podemos?

“Nosotros aprendimos en Madrid y Valencia que las cosas se cambian desde las instituciones, esa idiotez que decíamos cuando éramos de extrema izquierda de que las cosas se cambian en la calle y no en las instituciones es mentira” dice Pablo Iglesias en el minuto 29 del vídeo de los cursos de verano de la Universidad Complutense  en El Escorial.

Esta explicitación, además de diversas precisiones y análisis del futuro político de la agrupación y el devenir del Estado español, fue  realizada por Iglesias en el marco del seminario titulado: “El tema de nuestro tiempo: Pensar el futuro”.

La formalización de una posición ideológica socialdemócrata, usando el término “extrema izquierda” como tantos  y tantas protagonistas non gratas de la política del Estado español, resulta vergonzante. Se asemeja más a los guiones de los informativos de TVE o el diario El Mundo, que a un líder político que alguna vez dijo tener posturas anticapitalistas.

Se puede y existen partidos de izquierda que adhieren a la vía electoralista como una opción más. Esto es otra cosa. La utilización por parte de una agrupación de los discursos de la derecha que clasifican las ideologías sitúa nítidamente a un partido y sus dirigentes, pero por sobre todo genera un alerta. ¿Estará diciendo que la izquierda es el PSOE? ¿Qué la izquierda es Podemos?

Falta por ver cuántas más de esas “idioteces” quedan por menospreciar con tan poco respeto por los grupos de luchadoras y luchadores que sí las pensamos. Aunque a esta altura…poco falta por ver.

¿Sorpresa? Ninguna.

Diana Cordero


El cambio de gobernantes es un juego para tontos





San Fermín te explota






El estudio que explica por qué seguimos votando a los políticos corruptos


El estudio español que explica por qué seguimos votando a los políticos corruptos


No somos un caso único, pero sí un buen objeto de estudio: ¿por qué si tanto nos preocupa la corrupción seguimos depositando nuestra confianza en políticos envueltos en escándalos?




Los españoles hemos visto con nuestros propios ojos cómo políticos relacionados con tramas de corrupción, de la Gürtel a Filesa pasando por unas cuantas más (que cada cual elija la que mejor se adapte a sus prejuicios) volvían a ser elegidos por los votantes. Una situación aún más peculiar por el hecho de que parece haber un clamor popular contra la corrupción que no parece refrendarse en las urnas: la última encuesta del CIS la sigue señalando como una de las principales preocupaciones de los españoles con un 43,7%, tan sólo superada por el paro.

Como es de esperar, hay un puñado de investigaciones que se preguntan acerca de tal paradoja. Una de las más recientes, y al mismo tiempo de las más elocuentes, es la que realizaron tres profesores de la Universidad Autónoma de Barcelona, Jordi Muñoz, Eva Anduiza y Aina Gallego, y que fue presentada en una conferencia de la IPSA (International Political Science). El estudio, llamado ¿Por qué los votantes perdonan a los políticos corruptos? Cinismo, ruido e intercambio implícito, no sólo examina la bibliografía existente para diseñar un interesante marco conceptual sobre la cuestión, sino que también efectúa una encuesta con 1.500 ciudadanos de Cataluña que permite entender mejor la psicología del votante permisivo.

Las condiciones que prevén la corrupción

Son muchas las investigaciones que intentan poner la aceptación del corrupto en contexto. Una de las más relevantes en el ámbito español es Las consecuencias electorales de los escándalos de corrupción municipal de la Fundación Alternativas, de Gonzalo Rivero Rodríguez y Pablo Fernández-Vázquez, que llega a una conclusión sencilla, directa y contundente: “Los resultados de nuestra investigación indican que los partidos cuyos alcaldes se ven envueltos en casos de corrupción no se ven penalizados en las urnas”. Como explicó una investigación realizada en la Universidad de Nueva York, sufrir la corrupción en tu propia piel reduce mucho más las posibilidades de votar por el que la comete que la mera corrupción percibida, algo que es mucho más habitual en las sociedades desarrolladas.

Predomina la visión pragmática de que si el país, la comunidad o el ayuntamiento marchan, la corrupción resulta aceptable

Como señala el estudio realizado en la UAB, los condicionantes que aparecen con más frecuencia en la literatura científica son el partidismo, la información y el contexto. El primer aspecto, el partidismo, fue estudiado por Dimock y Jacobson en un artículo publicado en el Journal of Politics, que señalaba que el daño potencial de un caso de corrupción es mitigado cuando el que lo comete es de los nuestros. Si el caso no está claro y debemos elegir entre bajar o alzar el pulgar, es más probable que hagamos esto último si simpatizamos con el presunto corrupto. Hay que culpar a la disonancia cognitiva de esta lógica: la corrupción siempre es percibida con más fuerza entre los votantes del partido de la oposición que entre los seguidores del partido en el cargo.

Sin embargo, esta situación es atenuada si la población se encuentra debidamente informada, como puso de manifiesto una investigación publicada también en el Journal of Politics, que señalaba que cuanta más información existe sobre corrupción, más se deja notar esta en los resultados de las elecciones (obviamente). Sin embargo, lo que ocurre en muchos casos es que, si se demuestra que el político al que hemos apoyado es un corrupto, simplemente dejamos de votar, lo que explica por qué los actos ilícitos promueven la abstención más que el voto de castigo.

En último lugar, el contexto juega un papel importante. La fortaleza de las instituciones, la juventud de una democracia y la cercanía entre el corrupto y su beneficiado, que favorece el clientelismo, son otros factores importantes. Pero, como señalan los autores en su estudio, estos tres puntos son meros condicionantes que no terminan de explicar la psicología del votante. Para ello, aportan otros tres factores que pusieron a prueba en su investigación.

Los tres caballos ganadores del político corrupto

Si en un país como España, donde las instituciones son fuertes, la democracia está asentada, la población está debidamente informada (supuestamente) y el clientelismo tan sólo afecta a un pequeño porcentaje de la población, se sigue votando a los corruptos, es que algo más ocurre, señalan los investigadores. La respuesta son estos tres mecanismos.


  • Intercambio explícito. No hace falta que el político corrupto nos haya premiado con un contrato suculento o un maletín lleno de dinero para que pensemos que si es reelegido nos beneficiará. En ocasiones, señala el estudio, estamos dispuestos a pasar por alto determinados actos turbios si consideramos que el resto de cualidades del candidato son lo suficientemente positivas como para compensar su desliz, sobre todo si han sabido garantizar el bienestar de la población. Ello tiene otro correlato, y es que muchas veces se sospecha que la sustitución del corrupto por el inocente no tiene por qué resultar necesariamente positiva para el desarrollo económico y bienestar de la nación, algo que ya fue sugerido por Rivero y Fernández-Vázquez en su investigación para explicar el caso español. En resumidas cuentas, si el país, la comunidad o el ayuntamiento marchan, la corrupción resulta aceptable. Una visión profundamente pragmática.

Negar la mayor y seguir adelante como si no hubiese pasado nada suele resultar más rentable políticamente que aceptar las acusaciones

La primera hipótesis, por lo tanto, es que “la posibilidad de apoyar a un político corrupto aumentará significativamente si se considera que tiene una previa experiencia política positiva que lleve el bienestar económico a sus electores”. Según los resultados de la investigación, este factor aumenta la probabilidad de votar a un corrupto en un 14%.


  • Ruido. La influencia de la corrupción en nuestro voto depende en un alto grado de la credibilidad de que le demos. Ahí juega un papel importante el partido acusado de actuaciones ilegales: negar la mayor y seguir adelante como si no hubiese pasado nada suele resultar más rentable políticamente que aceptar las acusaciones, puesto que tus seguidores están dispuestos a creerte. De ahí que la segunda hipótesis sea que “la posibilidad de apoyar a un político corrupto aumentará significativamente si el partido político niega los cargos”. Como demostró la investigación, este factor aumenta la probabilidad de votar a un corrupto en un 10%

  • Cinismo. Una dura palabra para una triste realidad que bien define parte de la situación política en España en 2015: puede que nuestros políticos sean unos corruptos, pero también lo son los de los partidos adversarios, así que para eso, mejor no cambiar. Una terrible consecuencia del “todos los políticos son iguales” que conduce al inmovilismo y la condescendencia hacia el corrupto. La tercera hipótesis es, por lo tanto, que “es más probable que los votantes apoyen a un candidato corrupto cuando todos los partidos o las alternativas también están afectadas por la corrupción”. Sin embargo, este punto no pudo ser demostrado por la investigación, aunque los autores consideran que no se puede descartar completamente.  


http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-08-07/el-estudio-espanol-que-explica-por-que-seguimos-votando-a-los-politicos-corruptos_957479/



Change of rulers is the joy o fools






LO QUE EL VOTO SE LLEVÓ


El ritmo frenético de nuestras vidas nos ha alejado de los demás: ahora no sólo no conocemos a nuestros/as vecinos/as sino que es posible que antes de despertarnos simpatía nos den miedo. Igualmente nuestros/as compañeros/as de trabajo son seres a superar, con los que competir y no personas en las que apoyarnos para mejorar. Esta ruptura entre las personas, este aislamiento, potenciado por los sucesos que salpican a diario los medios de comunicación, es enemiga de nuestra vida.
Normalmente estamos rodeados/as de personas y, si nos arriesgásemos a conocerlas un poco mejor, descubriríamos que tienen inquietudes y problemas, muchas veces parecidos a los nuestros: un trabajo que les acapara y explota, una familia a la que no dedican el tiempo que les gustaría, poca diversidad en los momentos de ocio… Estas problemáticas comunes pueden traducirse en un mismo frente de lucha.
Ante toda esta realidad no nos queremos quedar sólo en la abstención, en la pataleta de un día y la queja de los siguientes cuatro años. Así las cosas no cambian y nuestra mala hostia crece pero no la sacamos; nada productivo sale de ahí. Una vez que empezamos a entrever el problema hay que buscar las soluciones, hay que caminar en la senda de la construcción de la realidad que nos gustaría vivir. Si tenemos claro lo que sus elecciones y su democracia no nos dan, tendremos que tomarlo nosotros/as, tendremos que empezar por poner en práctica aquello que sus charlatanes/as obvian: las cosas concretas, el diálogo, el trabajo colectivo, las relaciones humanas reales, el cara a cara. Nuestros problemas y los de nuestros/ as vecinos/as no son tan diferentes: saltemos ese obstáculo mental que nos hemos forjado desde pequeños/as y volvamos a con’ar en las relaciones humanas, en el semejante, tratemos de volver a recuperar lo comunitario, lo convivencial.
Vemos imprescindible, por tanto, avanzar en nuestra la organización en común, en generar espacios de debate, de re4exión, de intercambio de opiniones, ideas y experiencias. Utilizar la asamblea y la a’nidad como motores de lucha y de crecimiento colectivo, los problemas son miles y las posibilidades de afrontarlos en común inmensas. Potenciar espacios donde poder relacionarnos, donde poder crear formas de comunicación y acción realmente nuestras, alejadas de su representatividad, de sus mayorías y minorías, de sus cuotas de poder o de la servidumbre a intereses alejados de nosotros/as. Si algo queremos cambiar, tenemos que mojarnos y hacerlo nosotros/as mismos/as, entre todos/as, pero a través de nuestra iniciativa.
Autoorganización y lucha, dos conceptos que no tienen que sonarnos a pajas mentales ni a lejanas utopías, son prácticas que se generan en el día a día, que siempre han estado ahí. Nuestro pasado y nuestro presente están plagados de estos pequeños o grandes gestos subversivos. Ahora se ven con las asambleas en las plazas de nuestros barrios, con discusiones y debates entre vecinos/as, con comidas populares o con nocturnas marchas por la ciudad; pero hace años (no muchos) surgieron de la mano de localizados con4ictos vecinales, por simples parkings o constantes abusos policiales, y hace algunos años más, posibilitaron grandes huelgas en pro de a’anzar y avanzar en nuestras libertades. Nosotros/as entendemos estas prácticas como posibles (y aconsejables) a gran escala, para organizar toda nuestra vida, todas nuestras necesidades, pero claramente no estamos aún en ese punto, lejano todavía. Estamos a la defensiva, con un contexto socio-económico que nos avasalla, que nos gana terreno por todas partes (en materia laboral, educativa, sanitaria…), y es en este contexto en que estas prácticas las seguimos viendo como útiles, como una forma bastante pragmática de afrontar el presente, de afrontar recortes, despidos, desahucios y todo el sinfín de mierdas en las que estamos metidos/as. El debate, la discusión, la resolución colectiva de trabas, como método de afrontar unidos/as los problemas, de conseguir apoyarnos entre todos para que nadie caiga, para aprender a ganar y a no dar un paso atrás. Que nadie esté arriba ni nadie esté abajo, de tal forma que caminemos unidos/as.
¡Todo el poder para las asambleas!
Borroka da bide bakarra!!

Abstención política y política de la abstención



En épocas electorales siempre hay menciones, más bien pocas, en torno a la abstención. Pero tales discursos tienden en general a considerarla como un problema o una preocupación: si habrá mucha o poca, si afectará a uno u otro partido, si es más de izquierdas que de derechas. Y se repite, sobre todo durante la insípida jornada de reflexión, la llamada pública de las élites políticas a participar con el voto en las elecciones correspondientes. Y hasta en la redes sociales se puede leer cierta letanía que demoniza a quien se abstiene, pues por su culpa la opción x (en general esto sucede entre quienes son de izquierda) no tendrá los suficientes apoyos para obtener más escaños, o ampliar su capacidad de influencia parlamentaria o sus opciones de gobierno, dando por supuesto que quien comete dicho «pecado» es necesariamente un "indeciso" de izquierdas (¿?). En fin, la retórica política dominante, que identifica acción política con acción institucional mediada por elecciones, suele cargar negativamente contra quien en un momento dado opta por abstenerse, señalando con múltiples taras y viejas retahílas morales a esas personas como «pasotas», «desinformadas», «ignorantes», «indolentes, «despreocupadas», etc. En el mejor de los casos, están simplemente «desilusionadas» de la política.

No obstante, nunca se dice que la abstención electoral, o la abstención como acción política en general, es una opción que constituye e instituye el derecho democrático al voto. En las lides electorales los discursos suelen revertir interesadamente este derecho en deber, intentando con ello minimizar los efectos aparentemente no deseados de la opción de no votar a ninguno de los contendientes. Pero el hecho nunca resaltado es que la abstención forma parte sustancial del ejercicio del derecho al voto. En el fondo, y a pesar de la retórica dominante que la define como «el acto por el cual un potencial votante en unas elecciones decide no ejercer su derecho al voto» (ver wikipedia), es el ejercicio a un voto «contravenido»: aquel que expresa con su no-voto la opción de que básicamente ninguna de las alternativas en pugna le satisface políticamente. Es pues el derecho a contravenir la norma de votar necesariamente entre las alternativas instituidas, pues éstas no satisfacen el criterio de completitud de todas las alternativas posibles. Pero es algo más: gracias a que cualquiera puede abstenerse en una votación, el votar se define como un derecho. Si no se posibilitara la abstención, automáticamente el voto se convertiría en un deber, y como tal su contravención (el no votar), sería tipificado como delito y, por lo tanto, como punible o sancionable. Dicho de otro modo: gracias a que puedo abstenerme existe el voto como derecho. Y por esto mismo, la abstención es una opción digna, legítima e, incluso en muchas ocasiones, es la opción más adecuada.

Por otro lado, cierto es que en unas elecciones políticas, la abstención es interpretativamente escurridiza o ambigua. De ahí la desazón que casi siempre acompañan a los análisis estadísticos, que desearían amordazarla y acotarla como sucede con los votos emitidos a uno u otro partido en liza. Las razones por las que alguien se abstiene pueden ser múltiples, variopintas y extrañas. Contra quienes pretenden minimizarla recurriendo a sesgos formales, como errores en el censo, o fuerzas mayores de enfermedad, muerte o impedimentos de última hora, hay que resaltar que la abstención sólo es concebible como un acto voluntario, cuyas razones pertenecen sólo al limbo de la propia conciencia.

Quien se abstiene sabe bien (o mal) por qué no ha ido a votar. Puede que su abstención no sea «activa», en el sentido anarquista de crítica radical al sistema político representativo y mediado de las democracias capitalistas, postura por otro lado encomiable y más que correcta en la mayoría -por no decir en todas- de las aburridas convocatorias electorales que padecemos cada cierto tiempo, pero no cabe duda que quien se abstiene lo hace voluntariamente, no de forma inconsciente ni anodina ni simplona. Cabría preguntarse cuánto de anodino, inconsciente y simplón hay en mucho voto emitido por hábito, costumbre e intereses creados, y que favorece usualmente a cualquiera de los partidos habilitados a gestionar el «Poder». Aunque todos los partidos políticos electorales saben bien que la abstención no cuenta en ningún caso para el reparto final de escaños, también saben que el amplio espectro de la indecisión alimenta precisamente esa abstención. Por ello los discursos electorales al principio se suelen orientar a los votantes propios, y en la segunda mitad de campaña al maremágnum del voto indeciso. O al revés, según sea la hidalguía del partido que se presente.

En resumen: 1º Toda abstención es voluntaria. 2º Toda abstención es intrínsecamente política. 3º Al ser un contravención a las opciones dadas, las razones últimas de toda abstención se escapan al acotamiento estadístico. 4º La abstención es fuertemente contextual y dinámica: quien se abstiene hoy puede que no se abstuviera ayer y viceversa. Y 5º y central, la abstención es consustancial al derecho al voto, forma parte indisoluble del propio derecho a votar (o no votar) y, por lo tanto, es tanto (o más) digna y necesaria para una democracia como el propio voto a cualquiera de las alternativas dispensadas.

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Toda persona que haya participado activamente en algún momento de su vida en una asamblea plena, es decir, en un procedimiento de democracia directa entre iguales, sabe bien el valor político de la abstención. No es infrecuente que ante una propuesta o varias poco definidas, o insuficientemente argumentadas o cuyos objetivos no estén del todo claros, una mayoría de dicha asamblea simplemente se abstenga, lo que significa casi siempre que no es que estén en contra, si no que esperan que argumentos, objetivos o procedimientos se presenten de un modo más esmerado o matizado para que cada abstinente se decida o no apoyar la propuesta en cuestión.

Y hemos podido ver cómo el PP hace escasos meses pedía al PSOE que se abstuviera en la elección de investidura de Mariano Rajoy, cosa que probablemente se repita tras las elecciones próximas. Aunque a mucha distancia este ejemplo parlamentario del asambleario anterior, ambas situaciones reflejan la importancia política de la abstención, lo que ilustra cómo de una abstención política electoral (sin programa político explícito) se puede pasar a una política activa de la abstención. La abstención a veces concede respiros, otras limita gobiernos, y las más de las veces expresa de modo activo precisamente lo único que da valor auténtico a la democracia, más allá del sistema instituido que la encorsete: el disenso.



Volvemos a votar





OBJETOR ELECTORAL, DE NUEVO - LA TERCERA YA


OBJETOR ELECTORAL, DE NUEVO - LA TERCERA YA

Hace unos días recibí en mi casa una notificación por la que se me nombra miembro de una Mesa Electoral para las Elecciones Municipales del 26 de Junio de 2016, en calidad de Suplente del Presidente, de la Mesa del IES Fdo. Quiñones – Jerez de la Frontera, teniendo que acudir obligatoriamente a las 8 h. de la mañana de ese día, bajo amenaza de que, en caso de no concurrir, incurriré en pena de privación de libertad de 14 a 30 días y multa de dos a diez meses. 

Ésta es la tercera ocasión en la que se me obliga a formar parte de una mesa electoral.
He presentado una Declaración de Objeción de conciencia a la Junta Electoral de Zona.

"Mi conciencia e ideología se ven violentadas con el hecho de tener que colaborar con un sistema electoral y un modelo político con el que estoy en profundo desacuerdo. Esta democracia representativa, burguesa y meramente formal, deja la capacidad de decisión en manos de una élite, la clase política, que ostenta el poder a espaldas de la ciudadanía, ostenta privilegios y se lucra, en connivencia con el Capital. Mis supuestos representantes no son más que usurpadores de la soberanía popular, a la que dicen responder mediante una farsa electoral que se escenifica una vez cada 4 años"
(Recupero aquí una imagen de mi protesta con la camiseta de 2004)



Como hemos anunciado ya por otros medios, se confirma la buena noticia de la absolución de los dos huelguistas del 29M juzgados en las últimas semanas. Gracias a todas por el apoyo mostrado! ‪#‎lavagaquevolem‬



... estamos en época de elecciones




La magia de las elecciones





El arte de la magia ha fascinado a todas las personas desde la Antigüedad hasta nuestra época. Más allá del halo de misticismo en que suele mostrarse envuelta, la magia cuenta con un elemento esencial que es el que ha contribuido a alimentar esa fascinación que toda civilización ha compartido a lo largo de nuestra historia: la ilusión.

La ilusión, y por extensión toda práctica de ilusionismo, consiste en la percepción a través de los sentidos de un suceso que contradice las leyes naturales, nuestra experiencia o nuestra propia razón. Es la percepción de algo que no puede ser real, pero que sin embargo estamos viendo con nuestros propios ojos. Durante un espectáculo de magia, ese suceso (o efecto) nos produce una enorme fascinación; en primer lugar por hacernos sentir que lo imposible es posible, que ciertas certezas absolutas con las que vivimos a diario pueden desmoronarse con una facilidad pasmosa, lo que nos permite abrir nuestra imaginación hacia límites que jamás nos hubiéramos planteado antes; y en segundo lugar porque nos activa la curiosidad innata que el ser humano tiene por tratar de comprender aquello a lo que no encuentra explicación posible.

Desde el punto de vista del mago, la ilusión se construye a través de una serie de mecanismos, o trucos, que harán posible el engaño óptico. Sin embargo, aunque esos mecanismos secretos suelen ser el objeto de toda curiosidad despertada por un efecto mágico, en realidad el elemento clave con el que cuenta el ilusionista no es otro que el control de la atención de su público. La magia, en efecto, consiste en conseguir centrar toda la atención allá donde al mago le interesa para impedir que podamos captar el mecanismo que produce el efecto. Pero bueno, os preguntaréis, ¿esto no iba de las elecciones?

Y así es. Esta breve introducción al mundo del ilusionismo nos va a servir para tratar de abordar la cuestión electoral desde una perspectiva algo más amplia de la habitual. Suponemos que a través de las elecciones es cómo podemos participar de la vida política, controlar a nuestros gobernantes, influir en la sociedad, etc, y sin embargo observamos que después de varias décadas de sufragios cada vez hay una mayor desafección política, a los gobernantes no se les puede controlar ni a través de la justicia, y más que influir en la sociedad, ésta literalmente nos aplasta. ¿Por qué entonces las elecciones no están sirviendo a su propósito? A través de la comparación con el mundo de la magia, trataremos de descifrar qué de ilusorio podrían tener las elecciones, qué mecanismos podrían operar en ellas, y qué conclusiones podríamos sacar de todo ello.

Como hemos visto, La magia de las elecciones una ilusión nos presenta un suceso que ocurre de una determinada forma mientras que en el fondo sabemos que la realidad es muy diferente. Atendiendo a esta descripción, pensemos, ¿qué ilusiones podemos encontrar en el electoralismo? Es decir, ¿cuáles son esas maravillosas promesas que nos proporcionan las elecciones aunque sepamos que la realidad después se muestra bien diferente? Veámoslas con detalle.

La ilusión de la pluralidad:

¿Representan las modernas democracias representativas la pluralidad de todo el espectro político? En realidad sólo generan la ilusión de que las diferentes opciones políticas pueden participar, pero están todas condicionadas. Están condicionadas por los requisitos de participación, están condicionadas también por la proporcionalidad matemática (la tramposa Ley d’Hont), y además, una vez establecido el gobierno, sólo la fuerza (sea única o en coalición) que obtenga algo más del 50% de los votos legislará y decidirá por todos, quedando así totalmente fuera de la aportación legislativa el resto de opciones minoritarias.

Aunque quizá sea peor todavía la falta de representatividad sobre la realidad social existente. Por muchos partidos que salieran, nunca habrán los suficientes para representar todos los espectros sociales. De la misma manera, al tratarse de un sistema fundamentado en mayorías, inevitablemente se está desechando toda la pluralidad y toda la capacidad de aportación política y social que podría emanar de la población misma. La realidad es que el sistema electoral nos excluye, nos obliga a tener que optar por la representación de unos programas políticos con los que nunca estaremos al 100% de acuerdo, lo que nos obliga a hacer una buena cantidad de concesiones tan sólo por poder “elegir al menos malo”.

La ilusión de la representación:

Siguiendo al hilo de lo anterior, aún cuando sea elegido un candidato con el que nos sintamos 100% representados (uno bueno de los que se dice que pertenecen al pueblo, que ha sido obrero toda la vida, que ha luchado en la calle, y que conoce nuestros problemas), en el momento de asumir el cargo político, tanto su perspectiva y su posibilidad de representar con fidelidad esa realidad de la que procede se verá alterada por completo. Y no es tanto por aquello que se dice sobre que el poder corrompe. Pues aún suponiendo un candidato incorruptible, desde el momento en que se tiene que enfrentar a un cargo de representación de una mayoría (que no representa a la totalidad de la realidad social que gobierna) dicho cargo le exigirá cumplir con una serie de atenciones a la población, de negociaciones, de presiones y de debates con otros cargos representativos, que lo alejarán irremediablemente de la perspectiva de su anterior vida como obrero, como vecino o como luchador. Su posición habrá dejado de ser la que tenía antes de ser elegido y cualquier decisión que tome ya no será como la persona que era antes, pues ya no llevará la vida del gobernado, ni sentirá tampoco las repercusiones que sus propias decisiones acarreen sobre la población, ni conocerá las necesidades, el día a día, ni lo que se siente siendo obrero o ciudadano bajo su mandato.

Sin embargo, la ilusión de la representación de la mayoría, que a sus propios ojos lo legitima para gobernar sobre todos, le convencerá de que sus decisiones serán siempre las mejores de entre todas las posibles. Y así hará lo posible por acatarlas, aún creyéndose realmente bondadoso, a través de los medios por los que la instituciones se valen para hacer cumplir sus leyes, es decir por la fuerza. Si no las cumples, serás castigado estés o no de acuerdo, y te represente realmente o no el gobernante que hace las leyes.

La ilusión de la participación:

Cuando a través de nuestro voto logramos cambiar unos gobernantes por otros, analizamos si el nuevo candidato será más o menos malo que el anterior, pero no nos paramos a pensar en lo perverso que hay por encima de esos candidatos, en lo perverso del sistema mismo, en lo perverso de las reglas del juego. Y se nos convence de que la única forma que existe de hacer política es votando a unos u otros. Se nos convence de que si no votamos, entonces no podemos hacer política. Y con tales premisas, repetidas una y otra vez hasta el hastío, es como de un plumazo se desvanece de nuestra propia concepción  de la realidad social toda opción alternativa de poder hacer política, cuando hay miles de formas para poder ejercerla, para poder influir en la sociedad, para poder construir sociedad, y para tomar decisiones propias y colectivas…

La ilusión del control ciudadano:

Otra ilusión muy extendida es que a través de nuestro voto podemos controlar a los políticos, pues si no cumplen la voluntad popular, entonces serán castigados en las próximas elecciones. Pero, ¿qué sucede durante esos cuatro años? Los gobernantes hacen y deshacen a placer sin que tengamos la posibilidad de intervenir en sus decisiones, en el dinero que manejan o en sus negociaciones, más allá de protestar y presionar en la calle. Si lo pensamos bien, más que controlarlos, son ellos los que nos controlan a nosotros a diario, a través de sus leyes, de sus medios de comunicación y a través de la acomodación que surge una vez que dichas leyes están instaladas. Incluso si lo pensamos un poco más todavía, el mismo hecho de votar es parte de esa acomodación y aceptación de las pocas reglas de participación política de las que disponemos,  lo que nos impide pensar en otras alternativas de organización social y, como consecuencia lógica, vuelve a suponer un modo más de controlarnos.

La ilusión del voto como derecho:

No es un derecho ejercer una acción que lo que hace es delegar todos tus derechos de participación social y política a otra persona. Más que un derecho es la cesión de tus derechos. Y hagas lo que hagas, votes o no votes, o votes a quien votes, la delegación de nuestros derechos se va a hacer efectiva y pasará a seguir formando parte del control del Estado. Esto convierte al voto justo en lo contrario que un derecho: lo convierte en una coacción.

Otra perspectiva es la que nos recuerda la importancia del voto en base a la cantidad de luchas que supuso conseguir instaurar unas elecciones democráticas. Y más viniendo como venimos de una desgraciada y miserable dictadura. Durante el franquismo también existieron varios referéndums, y eso no convirtió al voto en un derecho ya que pesaban sobre dichos procesos electorales enormes condicionantes. Sin embargo, a lo largo de este artículo, estamos desgranando la existencia también de múltiples condicionantes en los procesos electorales de las democracias representativas. Y son suficientes condicionantes como para hacernos dudar seriamente sobre la consideración del voto como de un derecho.

La ilusión de la igualdad del votante:

Atendiendo a la lógica matemática de las elecciones, los sistemas de reparto de escaños y los porcentajes hacen que no valga lo mismo el voto de una persona que la de otra. Pero el problema es más profundo, pues en una sociedad que es injusta y desigual en muchos otros planos (económico, social, cultural…), el voto mismo se verá siempre condicionado, pues la desigualdad es previa al acto de votar. Para verlo con mayor claridad, podemos recurrir al ejemplo de los trabajadores por cuenta ajena de las grandes empresas que (amparadas por los poderes políticos) dominan el mercado laboral a través de monopolios, oligopolios, o a través del acaparamiento de medios de producción. Como dichos trabajadores mantienen una relación laboral de dependencia, su voto estará siempre fuertemente influenciado por los intereses de esos grandes capitales protegidos, de esos monopolios, terratenientes, etc, que les “aseguran” el trabajo sin el cual no podrían sobrevivir. Y así ocurre con cualquier tipo de relación coactiva o de dependencia. De esta forma, quienes ejercen la mayor parte del poder dominan también el discurso electoral, y por tanto influyen de forma decisiva ya no sólo sobre la orientación del voto si no incluso sobre los contenidos de los que habrán de tratar los distintos partidos políticos que se consoliden. De esta forma es como la desigualdad social existente se acaba transportando al propio acto electoral.

La ilusión del poder del político:

A través de la lógica de las elecciones, tendemos a considerar a los candidatos que resultan del proceso electoral como los nuevos acaparadores del poder. Como si los gobernantes fueran la máxima autoridad y tan sólo de ellos dependiera toda la construcción del orden económico y social. Obviamos a través de tal ilusión la existencia de los lobbys y de las redes clientelares ya extendidas hasta la médula del sistema parlamentario. Quienes ocupen la gobernancia no tendrán más remedio que continuar recibiendo las presiones de esos lobbys, así como también descubrirán que la inmensa mayoría de las leyes están bien ancladas para perpetuar el sistema de dominación y privilegios, que hemos visto anteriormente como generador de desigualdades, lo cual le obliga al nuevo gobernante a participar sí o sí de ese clientelismo ya instaurado. Tan sólo en las parcelas que no interesen a los grandes capitales ni a los grupos de presión será en donde el gobernante podrá tener cierta libertad de legislación.

La ilusión del ciudadanismo:

Esta ilusión trata sobre cómo las elecciones democráticas indirectas alteran nuestra propia subjetividad, nuestra percepción de nosotros mismos. A través de los distintos discursos acerca de las bondades del voto, del derecho consagrado que supone y de la más alta capacidad de participación que nos permite (aunque ya hemos visto que no se trata más que de meras ilusiones) se inserta la participación electoral dentro de la idea de lo que supone ser un buen ciudadano. Trabaja duro, no protestes, paga los impuestos, sigue la corriente, no cuestiones el funcionamiento de las cosas… ¡y vota! Este concepto instalado en el imaginario colectivo de lo que supone ser un buen ciudadano, y que no es más que la suma de comportamientos que colaboran con la continuación del orden impuesto, no sólo condicionan la imagen que tenemos de nosotros mismos o nuestros actos, si no que además genera la ilusión de que la democracia representativa, la delegación, la obediencia y la dejadez son inherentes al ser humano. Por tanto, refuerza la ilusión de que el voto es un noble y grandísimo valor humano, y una de las máximas aspiraciones que podemos alcanzar. Y, aunque es cierto que quizá sea preferible a otras formas de organización social anteriores, considerar la democracia representativa como la más sublime de las posibilidades nos impide pensar en otras opciones, en otras formas de organización, que podrían ofrecer solución a los problemas inherentes al actual sistema y que tanto sufrimiento están causando a la población en este tiempo. Pensar que los Estados Modernos y sus democracias representativas no acabarán nunca por hundirse y que nunca serán sustituidas por otras formas de organización política, al igual que ha pasado históricamente con anteriores civilizaciones, es una somera ingenuidad.


¿Y todo esto por qué? Volviendo al principio, como en todo espectáculo de magia, detrás de cada ilusión vislumbramos las distintas formas empleadas para desviar nuestra atención con el objeto de ocultar los distintos trucos y mecanismos que utiliza el ilusionista. Las elecciones no suponen más que una ilusión que, a poco que profundicemos sobre ella como acabamos de hacer, no resulta ser tal y como se nos muestra. ¿Por qué entonces cala en la población con tanta ceguera, hasta el punto de hacerle creer que tan sólo a través del voto está pudiendo ejercer una plena participación democrática? Aquí es donde interviene la habilidad y la capacidad del ilusionista, consiguiendo desviar nuestra atención hacia cuestiones como la ley d’hont, las circunscripciones, los distintos programas políticos, las coaliciones, la importancia de votar, el peligro de no participar… obligándonos a pensar que el secreto de la magia de las elecciones, de esa fascinación que nos invade cada cuatro años, está en esas cuestiones superficiales, y evitando habilidosamente que caigamos en la cuenta o que pensemos en los mecanismos con los que funciona realmente este sistema.




Más allá del efectista truco de magia que suponen las elecciones, más allá de lo que podáis disfrutar o sufrir participando o absteniéndose, no deberíamos olvidar nunca que las opciones y posibilidades de participación política, social y económica son muchas más. Que si queremos podemos intervenir de muchas otras maneras. Y que no todo depende de un día, ni de unas elecciones, ni de una acción concreta. Que nuestras posibilidades de aportación se suceden cada día, los 365 días del año, los 1460 días que conforman los cuatro años de cada legislatura, y no sólo un mísero día. Ahí es donde reside la verdadera participación, el genuino control del ciudadano, el legítimo ejercicio de nuestros derechos, nuestra lucha por la igualdad, y la auténtica construcción de nuestra sociedad, de nuestra forma de relacionarnos, de ayudarnos, de cooperar y de crecer juntos.

¿Y por qué íbamos a tomarnos tantas molestias si solamente votando ya se ocupan otros por nosotros?

Pues porque cuando alguien tiene hambre, no es lo mismo crear la ilusión de un frugal banquete que después se desvanece, que elaborar con nuestro propio esfuerzo un plato de comida sabiendo que finalmente acabará en nuestra boca.



CCOO incurrió en fraude de ley


CCOO incurrió en fraude de ley al realizar hasta 200 contratos a sus formadores para cursos



Varias personas que trabajaron durante años como profesores en la Fundación Formación y Empleo de Comisiones Obreras en Euskadi han denunciado al sindicato: la central no les incluyó en el expediente de regulación de empleo que ejecutó a finales de 2015 para extinguir su centro de formación. Y eso a pesar de que encadenaron decenas de contratos temporales durante años, hasta más de 200 en uno de los casos. Los formadores, que son afiliados del propio sindicato, reclaman que se les considere empleados fijos discontinuos y, como tales, afectados por el ERE. 

La Fundación Formación y Empleo (Forem) es una entidad adscrita a CCOO que gestiona orientación y formación para el empleo y que actualmente solo mantiene centros en Madrid, Ceuta y Melilla. A finales de 2015 presentó un ERE de extinción para sus centros de Euskadi en el que incluyó a toda su plantilla (a los que pagó 45 días por año trabajado), salvo a los formadores. Estos profesores no tenían contratos indefinidos: Forem contaba con ellos cuando celebraba los cursos y les formalizaba contratos por obra y servicio. Esta situación hizo que encadenaran decenas e incluso cientos de contratos en varios años.

Al menos tres personas en Vizcaya y otras tres en Guipúzcoa han demandado al sindicato. Reclaman su condición de trabajadores fijos discontinuos y que, por tanto, deberían haberles incluido en el ERE. "No contaron con nosotros para nada, somos los únicos que no nos enteramos de que estaban haciendo un ERE", dice una de las personas afectadas, que impartió un curso cuando el centro estaba a punto de cerrar. Uno de los trabajadores llegó a acumular 190 contratos en cerca de 20 años de trabajo. En otro de los casos fueron 78 contratos en siete años. 

Hay varios juicios en marcha y una sentencia ya dictada, a la que ha tenido acceso eldiario.es, que da la razón en el fondo al trabajador pero que descarta condenar a Comisiones Obreras porque considera el asunto caducado. En este caso –el de un trabajador que fue contratado para impartir más de doscientos cursos durante veinte años–, el juez señala que Forem tuvo voluntad de "limitar lo más posible sus responsabilidades como empresario" de manera que trasladó "el riesgo empresarial derivado de una relación laboral estable al trabajador".

Este recurso a la contratación temporal para hacer frente a "necesidades permanentes" de la Fundación "constituye un ejemplo del fraude de ley (...) y cuya consecuencia es la transformación del vínculo laboral que une a las partes de temporal en indefinido". Es decir, la sentencia considera que la relación laboral que debería de reconocerse a esta persona no es fija discontinua sino indefinida ordinaria porque "los llamamientos se producían en cualquier época del año, su frecuencia era variable, pero en general se trataba de intervalos de pocos días". El juez también señala que el trabajador, que ha recurrido la sentencia, podía haber acudido antes a la justicia puesto que la situación se mantuvo durante años y que no hacerlo solo ha redundado en su perjuicio. 

La secretaria de Formación de CCOO en Euskadi, Lole García, defiende que la contratación era adecuada y sujeta a derecho. "200 profesores han dado formación de forma habitual a lo largo de toda la actividad de la fundación, que funciona por subvenciones públicas. No se sabe la fecha cierta de las convocatorias ni había capacidad de prever qué especialidades se iban a aprobar. Sus contratos estaban sujetos a una actividad concreta de un plan concreto", asegura. García subraya que todos los contratos han estado finiquitados y que se trataba de la prestación de un servicio. Otras sentencias de casos anteriores, asevera, han avalado esta forma de actuar.

Las cinco personas que han denunciado al sindicato en Guipúzcua son afiliadas a Comisiones Obreras y, como tales, tienen derecho a atención jurídica. Es, por tanto, la propia central la que les está pagando un abogado externo para que lleve su caso y es quien abona las costas. En las próximas semanas tendrán lugar al menos otros cinco juicios.

Carta a Toxo

Estos cinco profesores han enviado una carta al secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, que también han hecho llegar a otros líderes sindicales, como el secretario de Formación de la central, Javier López, del que depende Forem. En ella explican su situación y dicen sentirse "abandonados y ninguneados". Fuentes de la dirección del sindicato admiten conocer la carta pero se limitan a decir que han trasladado el asunto a su unión de Euskadi para conocer más detalles. Forem Euskadi, sin embargo, dependía jurídicamente de CCOO confederal.

"En estos meses nos hemos informado de la situación en otras comunidades autónomas y hemos comprobado que si bien han existido expedientes de regulación de empleo el tratamiento dado a los monitores ha sido muy diferente", dicen en la carta. Los profesores aseguran que en Cantabria o Asturias los formadores sí fueron incluidos en los ERE. De momento, la misiva, en la que piden que el sindicato dé una solución a su colectivo, no ha tenido respuesta. 

A finales de marzo, CCOO presentó una propuesta de ERE para los trabajadores de Forem en Madrid, Ceuta y Melilla en la que planteaba una indemnización de 22 días por año trabajado. Finalmente, el sindicato paralizó el expediente para analizar la situación. 



Nos toman por votos





ELOGIO DE LA PEREZA



Contra la teología de los conceptos de ganancia y pérdida





La felicidad no siempre requiere escalar una alta montaña ni bajar a las profundidades marinas. Bien lo sabía cierto personaje de Stefan Zweig cuando se encontraba en un boulevard parisino, en una tarde deliciosa, sin nadie que le esperara. Con tiempo para disfrutar —en libertad— del placer de hacer lo que le viniera de gusto, lo mismo visitar un museo que leer un libro o tomar un café. Sin embargo, entre todas las posibilidades, se decidió por la que creyó más razonable: no hacer nada. Así, entregado al dolce far niente, se dejó llevar por la magia del azar.

Nuestro hombre disfrutaba de una compañera con mala prensa, la supuesta madre de todos los vicios. Pero la pereza, contra lo que pueda parecer, no siempre ha sido el objeto de la inquina de los moralistas de todo pelaje. Los clásicos supieron ver que la obsesión del trabajo por el trabajo resulta, cuando menos, problemática. Séneca, en su tratado acerca de la brevedad de la vida, criticaba a los que, por ambición, se obsesionaban con un esfuerzo contraproducente para hacer de la existencia algo grato. Así, acababan ahogándose en sus propias riquezas, fueran materiales o intelectuales: “¡A cuántos la elocuencia, a fuerza de ostentar ingenio cada día, les hizo expectorar sangre!”. Se trata, pues, de no perder el tiempo en ocupaciones que no llevan a ningún sitio. Porque somos frágiles y no vamos a durar para siempre, aunque nos comportemos como si fuéramos a quedarnos de muestra. Por eso, según el filósofo cordobés, es de necios esperar a los cincuenta años para entregarse al descanso. ¿Qué garantía tenemos de alcanzar esa edad? Por tanto, no nos carguemos con ocupaciones que nos distraigan de lo más importante, vivir.

Para Séneca, ocioso no es el que pasa los días sin dar un palo al agua, sino el que se entrega a la sabiduría y la tranquilidad. El que, por decirlo con palabras de Fray Luis de León, “huye del mundanal ruido”. De esta manera evita sumergirse en una vorágine de movimiento de la que no sale nada bueno. De ahí que Blaise Pascal advirtiera, en el siglo XVII, contra la incapacidad de los hombres de quedarse quietos en una habitación.

La revolución industrial dio un golpe casi mortal a los ideales de vida reposada del que aún no nos hemos repuesto. El tiempo, a partir de entonces, se mercantiliza. Pasa a ser el equivalente del oro, no un bien que nos hace más humanos. No en vano, el capitalismo, además de ser un sistema económico, aportaba una determinada (in)moralidad que giraba alrededor de los conceptos de ganancia y pérdida.

Contra esta teología de lo económico se rebelará el socialismo, pero, como sucede a menudo, los nuevos inconformistas se hallaban contaminados de los valores del mundo que intentaban cambiar. De ahí que Paul Lafargue, el irreverente yerno de Karl Marx, se atreviera a reivindicar la importancia del tiempo libre en un refrescante panfleto, El derecho a la pereza. ¿Qué les pasaba a los obreros, imbuidos de la idolatría por el trabajo que pretendían inculcarles sus explotadores? Su cortedad de miras les llevaba a mirar como un gran progreso la limitación de la jornada laboral a doce horas, cuando lo que debían hacer era rebelarse contra un sistema en el que los talleres no se distinguían de las cárceles. El virus que los burgueses y los curas pretendían inocular consistía en una moral estrecha, en la que el mundo sólo existía como espacio de sufrimiento y expiación. Matarse a trabajar no era una locura suicida, sí una manera de acercarse a lo sagrado. A Lafargue, esta mentalidad le horrorizaba, le dañaba en lo más vivo. Su filosofía, por el contrario, remitía a los antiguos griegos, o también a un cristianismo no tergiversado aún por el poder clerical. Jesús, al fin y al cabo, recordó a sus discípulos en el sermón de la montaña que los lirios de los campos “no trabajan ni hilan”. El mismísimo Jehová, según el Génesis, había dado “el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó para toda la eternidad”.

La obsesión por el trabajo, lejos de traer prosperidad, desembocaba en crisis de sobreproducción que provocaban más y más miseria. Nadie parecía pensar que para vender un producto alguien debe comprarlo, por lo que el mercado, más tarde o más temprano, acababa por colapsarse. Y todo por mantener un desenfrenado capitalismo industrial en el que se habían abolido las normas de los viejos gremios, entre ellas la regulación horaria al desempeño de los oficios.

Tras Lafargue, otros pensadores apostaron por un sentido más lúdico de la existencia, convencidos de que lo contrario conducía a un callejón sin salida. No sólo como individuos, también a nivel de colectividad. Bertrand Russell, en su Elogio de la ociosidad, denunciaba el prejuicio que incluía el trabajo en la nómina de las virtudes, absurdo al que atribuía un claro contenido clasista. Sólo aquellos con la vida resuelta podían creer en las bondades del esfuerzo manual, nunca los obligados a buscarse el sustento alquilándose como mano de obra. Con las consecuencias que por fuerza conllevaba esa situación: agotamiento, estrés…

Como la apología del espíritu laborioso había producido terribles males, el futuro de la civilización pasaba forzosamente por la reducción organizada de la jornada laboral. Este era el medio para incrementar la felicidad y la riqueza de los individuos.

Por tanto, la sociedad debía cambiar el paradigma del trabajo basado en una “moral de esclavos” por el paradigma del tiempo libre. El trabajo no sería bueno en sí mismo, sino sólo como medio para lograr lo realmente importante, el ocio. Entendido como ese espacio de libertad donde somos realmente nosotros mismos y podemos hacer lo que deseamos. La actividad posee valor por sí misma, no por el rendimiento económico que esperamos sacar de ella.

¿Cómo alcanzar un cambio tan profundo? Para Russell, los avances tecnológicos, puestos al servicio del bien común, permitirían acabar con un sistema irracional en el que unos sufrían exceso de trabajo mientras otros morían de hambre, víctimas del desempleo. Lafargue, un siglo antes, ya había sugerido limitar la jornada con una propuesta radical, tres horas diarias como máximo, de manera que sobrara tiempo “para disfrutar de las alegrías de la tierra, para hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del alegre dios de la holgazanería”. Se descubriría así que la pereza, en realidad, no es una maldición sino la madre de todas las artes y de todas virtudes.

Trastocado por fin el fundamento del capitalismo, llegaría el momento de sacarle el máximo partido al esparcimiento. Russell prefería los placeres activos a los pasivos, como ver películas o asistir a partidos de fútbol, ofertas con tanto público porque casi todo el mundo consumía su energía durante las horas de trabajo, de manera que no quedaban fuerzas para mucho más. Con el necesario tiempo libre, semejante estado de cosas se modificaría por completo: la gente practicaría de nuevo aficiones en las que ejercer el protagonismo. Viviría entonces de una manera más relajada, lo que redundaría en beneficio de las relaciones interpersonales: “el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha”.

El escritor alemán Sebastian Haffner, en su Invitación a la holgazanería, también apostaba por una vida calmada en la que, liberándonos de la tiranía del reloj, nos dedicáramos sin trabas al arte, la sociabilidad y el buen humor. Los holgazanes —no los gandules, ojo—, al ir por el mundo sin prisas, saben improvisar de modo que les alcance la chispa de la genialidad. Surge así el pensamiento, pero sobre todo la humanidad. En rebeldía contra un mundo dominado por la codicia disparatada, Haffner añora los buenos tiempos en que la obligación y la devoción no formaban compartimentos estancos. “Al parecer todavía hay algunas oficinas en las que se toma el café y se filosofa, y redacciones de periódicos donde se juega al ajedrez”, escribía como si pretendiera demostrar que los germanos no han de ser cabezas cuadradas, con ese espíritu festivo que el tópico atribuye a los latinos. El mundo laboral, en su opinión, resultaría más tolerable si se permitiera en su seno un espacio para la distracción.

En la misma línea se movía Robert Louis Stevenson: en su defensa de los ociosos, no se limitaba a proponer una ociosidad entendida como un hacer lo que se quiere; también alertaba contra las deformaciones psicológicas de lo que podríamos denominar “moral de gladiador”, la del individuo tan obsesionado con su oficio que no vive sino para escalar peldaños en el mismo. Con una mirada tan estrecha que desprecia todo lo que no esté relacionado con su pequeño mundo. De esta manera, además de agotarse, sólo consigue convertirse en una criatura resentida cuando comprueba que el Universo, en lugar de girar a su alrededor, permanece indiferente a sus pequeñas hazañas. A un triunfo que, si es que llega, exige esfuerzos por completo desproporcionados en relación a la magra recompensa, apenas un poco de “calderilla”, a decir de Stevenson. “Aunque alguna vez haya un lord Macaulay que acabe sus estudios con todos los honores y en su sano juicio, la mayoría de los muchachos pagan un precio tan alto por sus medallas que salen al mundo en bancarrota y no se recuperan”.

Para el autor de La isla del tesoro, pronunciarse en favor de la libertad, rebelarse contra una ética capitalista que degrada al individuo a lo que hoy denominaríamos “workalcoholic”, tenía algo de provocación. No entendía al académico que ponía su vida al servicio del conocimiento cuando era el conocimiento el que debía estar al servicio de la vida. Porque era muy consciente de que la sabiduría es algo distinto de la mera acumulación de datos, muchos de ellos inservibles. El verdadero aprendizaje, tal como él lo entendía, no se reducía al dominio de un conjunto de destrezas profesionales. El auténtico objetivo es el de ser maestros en el arte de la felicidad, un deber que Stevenson considera infravalorado con lamentable frecuencia. Y eso significa poseer un sentido lúdico que permita disfrutar de sus placeres, un discernimiento que nos ayude en el trato con los demás, con una apertura de espíritu que haga descubrir las riquezas inmateriales que nos hacen mejores. En eso consistiría, en definitiva, el verdadero “éxito”.



¿ A qué no?




¿Tu jefe te putea? Denuncia a otro.


Estás currando de falso autónomo, sabes que es ilegal pero necesitas el dinero. Denunciar a tu jefe es una putada, es cierto, y te da miedo que haya consecuencias. Te entiendo perfectamente. ¿Quieres hacer algo?



Putea a otro jefe. Denuncia a otra empresa. Solidaridad entre trabajadores puteados. O pide a alguien que denuncie a la tuya por ti. Es muy fácil, pregúntame cómo:

Toda persona que tenga conocimiento de hechos que pudieran constituir infracción en materias competencia de la ITSS (laboral, seguridad y salud laboral, seguridad social, empleo, etc.) puede reclamar los servicios de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social.

Están obligados a actuar ante cualquier denuncia, es gratuito, sólo cuesta un sello y una fotocopia de tu DNI. Si no tienes para el sello YO TE LO PAGO. Que estoy generosa.

No hace falta que seas trabajador, sólo que sepas que en algún sitio, alguien, está haciendo algo ilegal. Y estamos en España, no es que haya que buscar mucho.

¿Cómo? ¿Que no conoces a nadie en una situación ilegal? Permíteme que lo dude. Aquí te dejo unas pocas cosas que son ilegales:



Y muchos más que podrás consultar en la mejor página del mundo en cuanto derechos laborales: Laboro.

Hazlo por el karma. Denuncia a otro. No arriesgarás en tu trabajo, pero ayudarás a quien lo necesite. Putearás a un empresario* y ayudarás a un obrero, y quién sabe, si somos muchos quizás tengas suerte y alguien haga lo mismo por ti.

Denuncia. Ellos nunca lo harían.

* #NotAllEmpresarios: Sí, ya sé que no todos son unos cabrones, pero es que resulta que los no cabrones en España son animales en vías de extinción. Además, si no han hecho nada ilegal no tienen que temer nada. La Inspección sólo pone multas cuando has hecho algo mal. Pillín.

EDITO: Este es el sistema:

El formulario de denuncia rellenado con lo que crees que es ilegal y todos los datos de la empresa que sepas: “Hay trabajadores con contrato temporal en fraude de ley”
www.empleo.gob.es/itss/ITSS/ITSS_Descargas/Atencion_ciudadano/Formular
Lo envias por correo ordinario a la sede de Inspección de trabajo de la Provincia donde esté la empresa junto con una copia de tu DNI. (Esta información es confidencial y no te da derecho a ser parte interesada.)

Voilà.

https://medium.com/@gemmagoldie/tu-jefe-te-putea-denuncia-a-otro-10aff36480a8#.r4rs5dday