Entre iguales nº4


Recuperamos este texto del Sindicato de comunicaciones y servicios informáticos de Madrid (STSI) https://www.stsi-madrid.org/ de su boletín entre iguales. Mayo 2017.


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Diccionario ilustrado obrero-libega




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EL TRABAJO EN LA VISIÓN ANARQUISTA


Continuamos repasando la tradición anarquista, con el análisis de conceptos primordiales, para evidenciar el carácter inequívocamente social de las ideas libertarias; inclusive, como veremos en otra ocasión, sus vertientes más radicalmente individualistas.




Los expertos señalan los distintos sentidos que tiene la noción de trabajo, siendo uno de ellos la idea de “realización humana”. Bakunin no diferenciaba al hombre del resto de las especies y quería ver la “necesidad” de vivir trabajando como ley de vida; para el anarquista ruso, el trabajo es garante de la existencia y del desarrollo pleno del hombre. Si algo nos diferencia de los animales es nuestra inteligencia progresiva, por lo que también nuestra capacidad productiva puede serlo. El momento en que el trabajo se hace humano, para el anarquista ruso, es cuando no solo satisface las necesidades fijas y limitadas de la vida animal, sino también las necesidades sociales e individuales del ser pensante y hablante “que pretende conquistar y realizar plenamente su libertad”. Esta ingente tarea, que Bakunin define como “ilimitada” corresponde, no solo al desarrollo intelectual y moral del hombre, también forma parte del proceso de emancipación material. Esa liberación de algunas ataduras naturales (hambre, dolor, clima, dependencia del medio…) es liberación parcial del miedo inherente a la existencia animal, algo que tiene una función positiiva al actuar como motor de esa lucha perpetua. Bakunin también quería ver, como continuación a ese miedo existencial, el fundamento de la religión. Es posible, como creemos que sostienen los científicos, que seamos el mismo “animal” que hace decenas de miles de años, y aunque podamos dudar de la mejora intelectual y moral que puede haber tenido el ser humano en ciertos aspectos, el potencial para progresar en todos los ámbitos y para transformar el medio siguen siendo enormes (otra cosa, parece, la voluntad o posibilidades para hacerlo según el contexto en que nos encontremos).

Otro sentido de la noción de trabajo es el “acto de explotación”, claramente censurable para las propuestas anarquistas siempre con una idea equitativa en el horizonte. La idea de “trabajo colectivo” se encontraba en Proudhon, el cual denunciaba que esa fuerza proveniente de la labor conjunta de los trabajadores suponía un plus que nunca se reconoce en el salario. En ¿Qué es la propiedad?, recordará que el capitalista obtiene sus ganancias “porque no ha pagado esa fuerza inmensa que resulta de la unión y de la armonía de los trabajadores, de la convergencia y de la simultaneidad de sus esfuerzos”. Otra acepción del término “trabajo” podría ser la que alude a su lado optimista y “agradable”, y que puede ser muy bien acogido por la tradición anarquista. Kropotkin consideraba el bienestar como el más grande estímulo para el trabajo, si entendemos aquél como la satisfacción de nuestras necesidades físicas, artísticas y morales. El autor de El apoyo mutuo veía en el trabajador “libre”, en oposición al trabajador asalariado, el más capaz de aportar una mayor dosis de energía e inteligencia y de realizar una tarea auténticamente productiva. Resulta claro que se vincula trabajo agradable con trabajo en libertad, y un contexto de explotación con todo lo contrario. Leticia Vita, en su trabajo “Trabajo y salario” incluido en el libro El anarquismo frente al derecho, nos recuerda que la diferenciación entre trabajo manual y trabajo intelectual, y la retribución de salarios y de condiciones de trabajo al respecto, resulta una de las mayores controversias presentes en la sociedad capitalista, lo cual supone que se eluda el manual utilizando posiciones de poder. Bakunin denunciaba ya la falta de tiempo de ocio, crucial para el desarrollo en los diferentes ámbitos, de la clase trabajadora y su condena a un trabajo físicamente esforzado, que podía deteriorar la salud e imposibilitaba la armonía en otros aspectos. Kropotkin también se pronunciará en términos parecidos y mostrará el deseo de las clases humildes de escapar de ese infierno del trabajo manual (tantas veces, sin más salida aparente que convertirse en explotador). Por lo tanto, forma parte también de la tradición ácrata el romper con esa división entre trabajadores manuales y trabajadores intelectuales.

Respecto a la noción de “salario”, la visión anarquista tratará de denunciar la falta de equidad da la idea de retribución. Proudhon veía al trabajador asalariado como un deudor permanentemente insolvente, obligado a la subsistencia presente y futura a través del salario, y al propietario como un acumulador ilegitimo de un capital apropiado, que reclama el cobro también de manera perpetua. Kropotkin niega cualquier valoración monetaria del trabajo, del tipo que fuere, realizado a la sociedad; quería observar una complejidad en la sociedad industrial y una relación entre trabajo individual y colectivo, pasado y presente, que imposibilitaría dicha medición de la retribución. Es conocido que las propuestas clásicas anarquistas, a propósito de la organización económica, pasan por el mutualismo, el colectivismo y el comunismo. El mutualismo de Proudhon niega la propiedad privada, origen de la explotación y de la desigualdad, pero considera la posesión individual como la condición de la vida social; el derecho de ocupar la tierra sería igual para todos, con lo que los poseedores se multiplicarán sin que se estableza la propiedad; si el trabajo humano resulta de una fuerza colectiva, toda propiedad se vuelve colectiva e indivisible; si el valor de un producto resulta del tiempo y del esfuerzo que cuesta, los productos tienen iguales salarios; los productos se compran exclusivamente por los productos, la condición del cambio es la equivalencia (en su precio de costo), por lo que no hay lugar para el lucro y la ganancia; la libre asociación, con la premisa de la equidad en los medios de producción y la equivalencia en los intercambios, es la forma justa de organizar la sociedad. El colectivismo, sostenido por Bakunin y adoptado por la corriente antiautoritaria de la Primera Internacional, considerará que la tierra y los medios de producción deben ser comunes, pero el fruto del trabajo será retribuido entre los productores según el esfuerzo de cada uno. Por último, el comunismo libertario aspirará a suprimir cualquier forma de salario gracias a la abundancia productiva (medios de producción comunes, y también los objetos de consumo). Se niega en esta forma comunista cualquier valoración del trabajo según el costo social de la formación del trabajador (algo inviable por los diversos factores en juego) y se demanda que haya un reparto según las necesidades de cada persona.

Son tres visiones económicas diferentes, muchas veces cuestionadas desde las distintas posiciones libertarias, pero que pueden aportar elementos novedosos al día de hoy en un panorama injusto y acomodaticio. Por muchos logros que haya habido en el último siglo y medio, vivimos en un mundo que continúa actuando bajo las premisas de la explotación y del reparto sin equidad, y que continúa utilizando como motor el autoritarismo (justificado, tantas veces, en la tutela). Estas propuestas anarquistas clásicas han servido de raigambre a otras modernas como es el caso de la economía participativa, clara alternativa al capitalismo y al socialismo de mercado, promotora de consejos de productores y de consumidores, en los que cada miembro tiene voz en las decisiones. Estos mismos consejos serían los encargados de decidir la retribución de cada trabajador. Descentralización, alternancia en la tareas, ruptura con la burocracia y con la división del trabajo intelectual y manual, acceso a la participación de todos en los diversos ámbitos…, son propuestas más o menos novedosas, aunque demandan creatividad, imaginación y, sobre todo, un punto de partido equitativo y solidario.

J. F. Paniagua

http://acracia.org/el-trabajo-en-la-vision-anarquista/

Historia del Trabajo V - El postfordismo



Cerrarmos el ciclo de programas dedicados a la historia del trabajo. Y lo hacemos analizando las transformaciones del trabajo en las sociedades de capitalismo avanzado en los últimos cuarenta años.

Junto con el sociólogo Luis Enrique Alonso intentaremos describir los cambios en la organización del trabajo tras la crisis del fordismo en los años 70.
La fragmentación, la individuación de las relaciones laborales, la descentralización, deslocalización, el precariado, etc y sus consecuencias.

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Historia del Trabajo IV - El Trabajo en el nazismo




Las dictaduras fascistas que surgieron en el período de entreguerras intensificaron todos los rasgos que el trabajo había adquirido en la civilización del capitalismo, pero además aplicaron éste como un elemento normativo y coercitivo, hasta el punto de actuar como herramienta de discriminación, represión y exterminio, haciéndole adquirir una connotación inhumana como nunca hasta entonces se había experimentado. 

Junto con el historiado Alejandro Andreassi Cieri, autor de "Arbeit Macht Frei" El trabajo y su organización en el fascismo (Alemania e Italia), analizaremos las peculariades del trabajo en el fascismo, principalmente bajo el régimen nazi. Los trabajos forzados, el taylorismo, el disciplinamiento de la mano de obra...

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Historia del Trabajo III - Taylorismo y Fordismo




Continuamos este ciclo de programas dedicados al trabajo. En este tercer capítulo, recorreremos buena parte del siglo XX a través de las transformaciones en la organización del trabajo que supusieron el Taylorismo y el fordismo. 

Junto con el historiador José Babiano, recorreremos los principios e implicaciones que tuvo la organización científica del trabajo, la división de la producción en secciones separadas, en movimientos estudiados y organizados con disciplina férrea por el empresario. 
Y con la implantación de la cadena de montaje fordista, convertido el trabajador en un mero apéndice de la máquina, atado a sus ritmos y necesidades. 

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La maliciosa invención del fin de semana que todo trabajador debería conocer


La maliciosa invención del fin de semana que todo trabajador debería conocer.
¿Por qué no les damos dos días para que consuman a gusto?




El viernes por la tarde cuando sales del trabajo, de la facultad o de la escuela seguramente es el mejor momento de la semana porque es cuando empieza el fin de semana y cuando más lejos estás de volver a la rutina del lunes por la mañana. La concepción del tiempo como una flecha que avanza en línea recta fue un invento judeocristiano extraído de las santas escrituras, pero no siempre se entendió así. La cultura maya, por ejemplo, comprendía el tiempo como una rueda que vuelve tercamente a su punto de partida. Un eterno retorno.

Se impuso la noción del tiempo lineal y entonces surgieron nuevas preguntas. La Tierra gira durante 365 días y a eso lo llamamos año, ¿pero que es un día? El tiempo que tarda la Tierra en rotar sobre sí misma y una de las siete unidades que conforman la semana. ¿Semana? Cinco días laborables y dos de descanso. Descanso: derecho adquirido que empieza a desaparecer.

Desde la revolución industrial el tiempo ha sido un campo de batalla. Antes, los trabajadores seguían ritmos orgánicos, el pescador faenaba en función de las mareas, el agricultor labraba conforme a las estaciones, el ganadero respetaba el ciclo de sus animales; después llegó el progreso con su ruido de máquinas y forzó un nuevo modelo productivo: obreros hacinados en fábricas pestilentes respirando al ritmo de la industria.

Costaba más apagar una máquina que mantenerla encendida, de modo que los trabajadores, exigidos por las circunstancias, empezaron a estirar sus jornadas. El tiempo pasó a ser una mercancía, comenzó a medirse en dólares y los patrones a escamoteárselo: los relojes de las fábricas aparecían con las manecillas manipuladas, sospechosamente siempre apuntaban hacia el pasado.  

Cuando el fin de semana no era un estándar los trabajadores idearon una argucia: entre finales del XVIII y mediados del XIX, en Inglaterra, decidieron guardar el primer día de la semana con la excusa del respeto al lunes santo -se cuenta que Benjamin Franklin presumía de haber ascendido en su imprenta gracias a que aparecía los lunes-.

Hablamos de la Inglaterra de Dickens, rica en alcohol, naipes y peleas de perro. Hablamos de obreros mal pagados dispuestos a sacrificar un día de la semana con tal de darle salida a los vicios. Tiempo contra dinero, eterno dilema.

El empujón capitalista

Uno de los grandes impulsores del fin de semana es Henry Ford. Sí, el mismo Henry Ford que ideó la cadena de producción moderna y quintaesencia del capitalismo. Primero, el empresario norteamericano aumentó el salario diario en sus fábricas de 2,34 a 5 dólares al día en un claro gesto estratégico, si los empleados tenían más dinero para consumir probablemente lo invirtieran en sus coches. Doce años después, en 1926, fue aún más lejos: ¿por qué no les damos dos días de la semana para que consuman a gusto?

Ford articuló la triste contradicción que rebate nuestra libertad: mientras media población trabaja durante la semana para consumir sábados y domingos, otros venden sábados y domingo para consumir durante la semana.

Por suerte el fin de semana tiene otras motivaciones complementarias al consumismo. Desde que el tiempo es tiempo la gente necesita socializarse con sus iguales o, los más atrevidos, con su yo interno. Una de los pocos privilegios que nos quedan a este lado del planeta es regalar tus horas libres para que otro te las distribuya.

Hay una última razón más prosaica. Durante el Crac del 29 la industria comenzó a perder músculo, los empleos se precarizaron o, en muchos casos, directamente se esfumaron. El empresariado decidió entonces reducir las horas de unos y asignárselas a otros, un parche coyuntural que una y otra vez termina por abrirse camino en las economías débiles.

El formato fin de semana terminó calando hondo y acabó exportado al resto de países. En 1955 ya era común en Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos, mientras que en el resto de Europa seguían apostando por sábados de jornada reducida. Quince años después ningún país europeo superaba las 40 horas de trabajo semanal y tanto sábados como domingos eran religión.

Quizás el fin de semana fue un truco capitalista, pero conviene caer en él. La otra opción es bastante peor.

http://www.playgroundmag.net/food/semana-invento-capitalista-fomentar-consumo_0_1985201494.html


TOTW: Bullshit Jobs and Anarchist Integrity




How does one make a living in this world and still have some kind of integrity as an anarchist? Usually this means handling money, and often that means having a job, and most likely that job is bullshit. But of course, none of this necessarily has to be the case.

Various sub-philosophies within anarchism have been advocated for how to do this, namely Illegalism (stealing for a living), Agorism (black market businesses), Rewilding (hunting & gathering) and Communalism (living & working on communes). But even though these approaches exist, very few anarchists seem to actually practice this. And those who do practice it don't tend to do it for very long or they treat it as a kind of side-hobby to engage in on their free time off of work (i.e., that which really pays the bills).

And then on the other end of the spectrum, there are the ways of making a living that are absolutely off-limits for anarchists. Usually these are considered to be jobs in law enforcement, the military and being a prison guard. Sometimes the sphere of forbidden jobs is expanded to include anything where one is employed by a government or where one is a boss who has the ability to fire & hire other people. But even with that, there are anarchists out there who have those kinds of jobs. So the zone where one can lose one's anarchy card based on one's profession then gets to be a bit murky.

So between these two extremes, pristine revolutionary purity on the one hand and complete hypocritical douchebaggery on the other, how do we navigate life in this world dominated by capitalism and statism, maintain some sense of dignity and integrity as anarchists, and still reliably get food on our tables and keep a roof over our heads? (and once you've figured that out please put in a good job reference for us)


12 historias de Ludditas


Los llamados ludditas fueron artesanos y trabajadores ingleses del sector textil, que a principios del siglo XIX se opusieron a la introducción de nuevos telares y maquinaria, con la intención de defender no sus oficios, sino su modo de vida y su manera de entender el mundo



“La ‘modernización’ del mundo ha venido de la mano del establecimiento de redes cada vez más tupidas. Estas redes que generalmente sólo se conceptúan como de comunicación y de información, en realidad son redes de control social”. Con este contundente párrafo comienza una de las doce historias que nos propone esta recopilación de artículos, algunos publicados en el blog Negre i Verd o en la publicación Libres y Salvajes y otros son inéditos.

Los llamados ludditas fueron artesanos y trabajadores ingleses del sector textil, que a principios del siglo XIX se opusieron a la introducción de nuevos telares y maquinaria, con la intención de defender no sus oficios, sino su modo de vida y su manera de entender el mundo.

Los protagonistas de estas historias, que vivieron en distintas partes del mundo y en momentos y contextos muy diferentes a la Inglaterra decimonónica tienen muchas confluencias con los ludditas ingleses, pese a que no se les atribuya dicha denominación.

En primer lugar, comparten métodos con los ludditas clásicos, el sabotaje, junto con otras tácticas de resistencia, para defender su vida de la dominación fabril. Por otro lado, en todos estos actos de resistencia hay otro nexo común, la capacidad de entender los mecanismos de los que se sirve el poder para sustentar su dominación.

Este libro plantea la importancia de determinadas imposiciones históricas como el Sistema Métrico Decimal, el reloj o la fábrica a la hora de analizar críticamente las causas y consecuencias de las nuevas imposiciones que el sistema tecnológico camufla en forma de necesidades (Internet y la acumulación de datos, la seguridad y la videovigilancia…).

Del mismo modo es importante conocer de qué forma se desarrollaron las resistencias a estas innovaciones ya que servirán de ayuda a quienes enfrentan la sociedad tecnológica del siglo XXI como un leviatán al que intentar derrotar.

Ahora puedes descargar este libro, publicado hace apenas dos meses, del que también se puede acceder a la versión impresa, cuya edición consta de 100 ejemplares numerados con portada en xilografía, escribiendo a blogmoai@gmail.com para solicitar tu ejemplar.

Historia del Trabajo II - Formación de la clase obrera




La clase obrera no surgió como el Sol, en un momento determinado. Estuvo presente en su propia formación. Con esta tajante afirmación que hacía hace más de 50 años E.P. Thompson, vamos a intentar adentrarnos en la historia de los orígenes de esa clase obrera, a través de sus formas de vida, sus valores, sus tradiciones, sus relaciones, sus ideas, sus instituciones, sus resistencias, sus experiencias colectivas.

Junto con el historiador Rafael Ruzafa, intentaremos ponerle rostro a esos migrantes del campo a la ciudad, a esos artesanos sin gremios, a esos hiladores fabriles, a esos trabajadores de las minas, de los talleres...

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Historia del Trabajo I - Artesanos y Gremios


Esta semana Iniciamos un ciclo de programas sobre la historia del trabajo.
                                                         
En este primer episodio, junto con el historiador Jose A. Nieto, nos vamos a centrar en el artesanado urbano, que se formó durante la Edad Media y que durante siglos fue el principal productor de manufacturas de la Europa preindustrial. 
Un artesanado con sus propios valores, sus propios oficios, sus gremios, sus propias concepciones del trabajo. Un artesanado que, mantendría su autonomía, hasta bien entrado el siglo XIX, cuando el modo de producción capitalista terminó de emerger.

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Trabajar mata lento




«Muerte a la política»




«Muerte a la política»

Si la política no fuese más que la de los «políticos», bastaría con apagar la tele y la radio para no volver a oír hablar de ella. Pero resulta que Francia, que solo para la galería es el «país-de-los-derechos-humanos», es más bien y sin lugar a dudas el país del poder. En Francia, todas las relaciones sociales son relaciones de poder, ¿y qué queda sin haberse socializado? Por eso, en este país hay política en todos los estratos. En las asociaciones y en los colectivos. En los pueblos y en las empresas. En los entornos, en cualquier entorno. Por todos lados maniobra, interviene, busca hacerse querer, pero no habla francamente porque tiene miedo. La política es, en Francia, una enfermedad cultural. En cuanto la gente se junta, sea cual sea la meta, sea cual sea el objetivo, y si la cosa dura un poco, se estructura como una pequeña sociedad cortesana, y siempre hay alguno que se toma por el Rey Sol [...].

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Comité Invisible  www.pepitas.net/libro/ahora


La tragedia de morir trabajando





El pasado 7 de julio, durante una actuación del macrofestival Mad Cool, falleció el acróbata Pedro Aunión Monroy. De acuerdo con las estadísticas oficiales del Ministerio de Trabajo, su muerte sería una de las dos diarias que se producen en los puestos de trabajo. La particularidad de ésta es que tuvo lugar ante 50.000 personas, lo cual – añadido al morbo que supuso que el festival no se cancelara en todo el fin de semana – sirvió para poner en el foco de atención mediático y social la siniestralidad laboral durante unos días. Eso sí, siempre poniendo énfasis en los errores humanos y no en las largas jornadas laborales y en las pocas horas que se destinan al ensayo y prevención de riesgos. Pero el día 13 otro dramático caso acapararía las portadas: un trabajador de 54 años moría por trabajar asfaltando una carretera de Sevilla en plena ola de calor, a más de 39ºC. En esta ocasión nadie pudo ocultar la responsabilidad de su jefe, que a pesar de conocer las alertas le ordenó seguir trabajando. La empresa Construcciones Maygar ya ha sido denunciada por este suceso.

Hemos de tener en cuenta que la siniestralidad laboral es mucho más común de lo que parece. En el año 2016, 629 personas murieron en el Estado español en el tajo. En el momento en que escribimos este artículo, las cifras que manejamos son que 203 personas fallecieron en el 2017. Reproducimos a continuación el artículo “Cuando el trabajo se cobra la vida”, publicado por Miguel Ezquiaga en CTXT, en memoria de Pedro y de todas las personas que pierden la vida trabajando.

Cuando el trabajo se cobra la vida

Suspendida a treinta metros de altura, una caja iluminada volaba sobre el público del festival Mad Cool. En su interior, el acróbata Pedro Aunión pirueteaba al ritmo de la música. Un cuerpo –el suyo– que ocupaba aquel poliedro con movimientos ligeros y pausados. Sin embargo, los años de carrera como bailarín aéreo no evitaron que algo fallara. Cuando Aunión quiso cambiar el cable corto al que estaba sujeto por otra goma elástica y más larga para descensos, terminó precipitándose al vacío. Las pantallas del recinto retransmitieron su caída, pero el evento siguió adelante; las primeras explicaciones de la organización llegarían cuatro horas después. Aún sin conocer lo sucedido, un profético Billie Joe, de la banda Green Day, cantaba en el tema inaugural de su actuación que el silencio es el enemigo. Al tiempo, a escasos metros del escenario, la policía científica tomaba pruebas del lugar de los hechos.

Según el Ministerio de Empleo, en 2016 se produjeron 566.335 accidentes laborales con baja en nuestro país; 36.987 más que en 2015. De ellos, 629 resultaron mortales. Este último repunte de la siniestralidad también queda confirmado durante el primer cuatrimestre de 2017: un 4% más que en el mismo periodo del año anterior. “Desde un punto de vista técnico, cualquier accidente que suceda en el ámbito laboral es un accidente de trabajo, independientemente de la causa primaria”, explica Pedro J. Linares, secretario de Salud Laboral de CC.OO.

“La siniestralidad supone el fracaso anterior de un sistema preventivo. Deben existir elementos de seguridad suficientes para que los errores humanos no desencadenen incidentes de trabajo”, agrega Linares. La citada estadística solo recoge como accidentes aquellos sucedidos entre la población activa con cobertura en materia de siniestralidad. Los autónomos no aparecen en ella. “Los números son alarmantes, pero ni siquiera reflejan toda la gravedad del asunto”, señala Linares. Este recuento tampoco tiene en cuenta las enfermedades profesionales, aunque estas puedan disminuir la esperanza de vida.

Hace diez años los accidentes laborales contabilizados superaban el millón de casos, si bien el fenómeno se ensañaba especialmente con los sectores de la construcción y la industria. Con la llegada de la crisis económica, esta clase de sucesos se ha generalizado. Linares señala el marco de relaciones laborales y la precariedad como verdugos: “La siniestralidad no sucede aleatoriamente. Es efecto del tipo de mercado de trabajo que hemos configurado, donde el 25% de los contratos firmados dura menos de una semana, el 35% menos de un mes y las relaciones laborales se han individualizado radicalmente”, asegura. En el primer cuatrimestre del año han fallecido 168 trabajadores.

La temporalidad hace de la prevención de riesgos una quimera materialmente imposible. “Al trabajador no le da tiempo a conocer su propia tarea –para atender a los riesgos que esta conlleva– y al empresario no le merece la pena invertir en programas formativos”, advierte Linares, que también señala un incremento de la presión sobre el empleado tras los recortes de plantilla. “Observamos una carga desmesurada como forma de sacar adelante la tarea contando con menos personal. Con la imposición de este tipo de sistemas, es difícil que las medidas de seguridad encuentren acomodo”, explica.

“Tampoco suelen existir protocolos de coordinación entre las múltiples subcontrataciones que coinciden en un mismo espacio”, anota Linares. En esa cadena la prevención se diluye: durante el ensamblaje de las gradas en la Gran Fira de València, un trabajador caía al suelo y entraba en coma. Tras una semana en situación de muerte cerebral, fallecía el pasado 4 de julio. “Habitualmente hacemos jornadas de 12 y 14 horas para cumplir con los plazos de montaje y desmontaje”, afirma Xavier. Aquel día un dolor de espalda le impidió salir de la cama. No presenció el traspié de su compañero sobre el andamio, pero conoce el peligro del oficio cuando hay prisa. La misma celeridad que la noche del fallecimiento de Aunión auspició el espectáculo sin un ensayo general.

Linares defiende que los niveles de desempleo obligan a la asunción de condiciones que en otro tiempo no se aceptarían. “Hay muchas dificultades para integrarse en otro puesto y la conservación del mismo prima sobre todo lo demás”. Como advierte, las sucesivas normas han construido un “marco legal de unilateralidad” donde el empresario goza de mayor capacidad para el ejercicio de sus intereses, en detrimento del trabajador. “Para defender adecuadamente nuestros derechos necesitamos una vuelta a la negociación colectiva” anterior a la reforma de 2010.

La movilidad laboral fragmenta la mano de obra, “desvertebra la clase obrera”, subraya Linares. Su reto consiste en revertir el “déficit propio” que les dificulta llegar hasta los sectores más precarizados. “Da igual lo desmenuzado que esté, queremos que cualquier colectivo entienda la utilidad del sindicato para defender los derechos de los trabajadores”. “En materia de siniestralidad tenemos por delante una enorme tarea de pedagogía social”, añade, “debemos impulsar la concepción de que trabajo y accidente no tienen por qué estar relacionados. Existe capacidad técnica suficiente para incorporar medidas protectoras en todos los ámbitos”.

En la entrada del Mad Cool se concentraron varias decenas de personas que exigían la depuración de responsabilidades ante la muerte de Aunión. Al costado, otros miles hacían cola para acceder al recinto y disfrutar de la programación. La papelera más próxima dejaba entrever un puñado de pulseras cortadas del festival; propiedad, tal vez, de quienes no podían hacer como si nada. Pedro, hermano, nosotros no olvidamos, corearon. Allí no ondeó la insignia de ninguno de los sindicatos mayoritarios.


El sector agrario y la construcción, los más castigados

Como explica el artículo que acabamos de compartir, la temporalidad hace estragos entre los/as trabajadores/as precarios/as. Por eso, de acuerdo con el artículo “Las muertes por accidentes laborales ascienden un 9% en solo un año”, publicado por Ana Isabel Cordobés en el portal Cuarta Información, “desde el año 2012, el índice de mortalidad de trabajadores en el sector agrario ha ascendido de manera brutal. Esta cifra, que ya contempla la evolución en el número de trabajadores por sector y actividad, refleja la gravedad del asunto. En aquel año, se situaba en 6 fallecidos por cada 100.000 trabajadores. En 2016, ascendió hasta 10. Y en los primeros cinco meses de 2017, el número de accidentes mortales en este sector ha subido un 5,1%”.

Otra de las actividades en las que se observa un repunte en el número de accidentes mortales es la construcción, acompañado de una mayor actividad tras la lenta recuperación del sector del ladrillo tras la crisis que se inició en 2008. Los datos hablan por sí solos: en la evolución interanual, mientras que el número de ocupados tan solo ha aumentado un 4%, el índice de accidentes mortales en el sector ha subido un 33,6%, según datos del Ministerio de Empleo.

Según nos relata Cordobés, en lo que va de año han muerto “203 trabajadores durante su jornada laboral. De ellos, un 29% eran conductores y operarios de maquinaria móvil, un 13% peones de la agricultura, pesca y construcción, y otro 13%, trabajadores de la construcción”. Si bien estos números no sorprenden a nadie, no debemos obviarlos cada vez que recordemos la paradoja que supone que en nuestra sociedad se premia el pertenecer a una clase social en la que el acceso a la educación es más fácil y que los trabajos denominados poco cualificados, con la tasa de mortalidad tan elevada, son los peor retribuidos.

Según publicó Sermos Galiza el mes pasado, Galicia es la Comunidad Autónoma con mayor tasa de siniestralidad laboral, duplicando su tasa a la media estatal.
La normalización de la muerte

¿Qué está pasando? ¿Por qué cada vez que muere alguien en el trabajo no aparece en los medios? ¿Importa menos que un hechos se repita 600 veces en un año para las familias? ¿Acaso hemos naturalizado la muerte? Cuando Pedro se precipitó al vacío no fue presenciado por las 50.000 personas que se encontraban presentes, pero varios centenares de ellas sí lo vieron, y continuaron de fiesta al ritmo de Green Day. La organización no suspendió en el momento el festival alegando razones de seguridad, pero al día siguiente, no existiendo ningún riesgo de alteración del orden, siguió adelante y no lo canceló.

La muerte del trabajador en Sevilla apareció en la prensa por la particularidad que supuso que un hombre muriera de un golpe de calor la misma semana que se alcanzó el récord histórico de calor en la península: 47ºC. Puesto que lo previsible es que esta cifra se vaya a repetir en el futuro que nos espera gracias al cambio climático, este tipo de noticias terminarán por normalizarse también y se dejará de hablar de ellas.


Esperemos que, por lo menos, su muerte sirva para lograr algún avance en derechos sociales. Quizás el futuro nos depare convenios colectivos que tengan en cuenta los meses de más calor, como el que se aprobó el 26 de junio de 1936 en Sevilla, cuyo artículo 6 estipulaba que “la jornada será de seis horas diarias y treinta y seis semanales, desde el primero de octubre hasta el 30 de marzo se repartirá de nueve a doce de la mañana y de una a cuatro de la tarde. En los meses de primero de abril a treinta de septiembre la jornada será de seis a doce de la mañana” (más información en el artículo “Así era el convenio laboral que regulaba el calor (y la lluvia) en 1936”, por Olivia Carballar, publicado en La Marea).



Así era el convenio laboral que regulaba el calor (y la lluvia) en 1936


El documento, firmado en Sevilla por la sección de albañiles del SUC y la patronal a menos de un mes del golpe franquista, establecía la jornada de 36 horas semanales y lograba importantes avances sociales.

Un libro editado por CGT-A analiza las bases negociadas, que apenas estuvieron en vigor 20 días.


“La jornada será de seis horas diarias y treinta y seis semanales, desde el primero de octubre hasta el 30 de marzo se repartirá de nueve a doce de la mañana y de una a cuatro de la tarde. En los meses de primero de abril a treinta de septiembre la jornada será de seis a doce de la mañana”. Es el artículo 6 del convenio colectivo firmado por la sección de albañiles del Sindicato Único de la Construcción (SUC) y la patronal de la industria el 26 de junio de 1936 en Sevilla, a menos de un mes del golpe de Estado franquista.

El documento está recogido en uno de los primeros trabajos de investigación realizados por el grupo de memoria de GCT-A, que lo recupera ahora como ejemplo de las conquistas sindicales ante la última muerte, en julio de 2017, de un trabajador en Morón de la Frontera en plena ola de calor. Se titula La jornada de seis horas de 1936 y está escrito por los historiadores Antonio Miguel Bernal Rodríguez, José Luis Gutiérrez Molina y el catedrático de Derecho Manuel Ramón Alarcón Caracuel.

Tras el triunfo del Frente Popular, explica Bernal Rodríguez en el prólogo, los trabajadores anarcosindicalistas de la construcción comenzaron a elaborar nuevas bases de trabajo de acuerdo a las orientaciones y directrices establecidas en el congreso confederal de la CNT, donde la reducción de la jornada era la cuestión prioritaria. “Las bases negociadas en 1936 son un magnífico ejemplo de la madurez del movimiento obrero sevillano y de la trayectoria del anarcosindicalismo, de la ‘idea’ como compromiso de transformación y creación de un mundo más libre e igualitario”, escribe en la introducción el responsable del grupo de memoria, Cecilio Gordillo. El convenio apenas estuvo en vigor 20 días. 

La reivindicación más importante –y la que más divergencias creaba con la patronal– era, por tanto, la reducción de la jornada a 36 horas. “No sólo por el aumento de trabajadores empleados que su aplicación implicaba, sino también porque el salario real –con relación al tiempo trabajado– aumentaba”, sostiene Gutiérrez Molina. Frente a las 12,24 pesetas diarias que se pagaban hasta entonces por ocho horas, los sindicalistas pedían ahora 12 pesetas por seis horas. Además, con la idea de reducir el paro, exigían la prohibición de contratar destajos y realizar horas extras. Aunque este punto ya estaba incluido en las bases anteriores de 1931, ahora la posibilidad de realizarlas por causas extraordinarias –urgencia o peligro– quedaba a la decisión del sindicato.

El convenio también regulaba la paralización del trabajo por lluvia: “[En ese caso] (no considerándose motivo para no empezar el trabajo el que esté nublado) el patrono abonará a todos los obreros el jornal íntegro, estando los trabajadores obligados a permanecer en el tajo durante el tiempo de la jornada, aprovechándose el tiempo que sea posible”, especifica el punto 7. Los jornales perdidos por falta de materiales y causas ajenas a los trabajadores tendrían que ser abonados de manera íntegra. 

Sobre las cuestiones de vital importancia para el obrero como enfermedad, vacaciones, movilidad, categoría profesional o situaciones específicas de algunos oficios, el convenio recogía avances sustanciales. Entre ellas, el abono de ocho u once salarios por enfermedad, el disfrute de una semana de vacaciones pagadas al año y la conservación de la categoría con la que se entraba en una obra durante su ejecución. El trabajador también tenía que tener un día pagado por el nacimiento de un hijo estuviera o no casado. Y los detenidos por cuestiones sociales también tenían que conservar los derechos sobre vacaciones y despidos. 

Si la obra iba a acabar o el constructor quería prescindir de algún obrero tendría que avisarle con ocho días de antelación y proporcionarle dos horas diarias libres –o pagarle en la liquidación 16 horas extras– para que se buscara un nuevo empleo. “Era una conquista obtenida en 1931 –aclara Gutiérrez Molina– pero que ahora llevaba anexa la regulación de un problema que se presentaba habitualmente. En muchas ocasiones, el albañil, el palaustre, o el ayudante llevaba consigo su propia cuadrilla de peones. Pero también estaban los peones sueltos contratados por el patrono o que acudían al nuevo tajo en busca de trabajo. Situación que provocaba numerosos conflictos”. Elconcepto de desplazamiento había generado igualmente controversias por la ambigüedad de las zonas que se consideraban extrarradio, y en este convenio de 1936 fueron especificados los lugares que señalaban el límite de la ciudad. “Los trabajos realizados fuera de la localidad se abonarán con un 50 por ciento de aumento sobre el jornal, viaje y fonda pagada. El obrero tendrá derecho al pago de transporte cada quince días para visitar a su familia. Este transporte correrá por cuenta del patrono sin que éste pueda desquitarle nada al obrero de su jornal”, reza el punto 21. Solo se reconocía como festivo el domingo.

Reconocimiento de los sindicatos

Más allá de las conquistas laborales, el éxito de la negociación de este convenio suponía un logro de especial trascendencia: el reconocimiento de la capacidad representativa de las organizaciones obreras, cuestionadas desde siempre cuando no negadas por los empresarios, reflexiona el historiador: “En los convulsos primeros años veinte y, aun durante la república, había estado presente en casi todos los conflictos. Los socialistas habían intentado la aprobación de una ley de control obrero que encontró una fuerte resistencia de las derechas. En junio de 1936, el contrato propuesto por el SUC significaba que pasaba a sus manos tanto el régimen de trabajo en las obras como la contratación”. 

La reunión entre los sindicalistas y la patronal comenzó el 25 de junio por la tarde. Tras diez horas, bien entrada la madrugada del día 26, patronos y obreros estamparon sus firmas al pie del documento con todas las propuestas. Entre las rúbricas identificables, el libro señala los nombres de Manuel Rojas, familiar del ganadero Gabriel Rojas, José María Jiménez, en representación de la Sociedad Anónima de Construcciones, propiedad de la familia Rojas Marcos, Antonio Durán, Ángel Mensaque y Pedro Colomé. Otro importante dirigente de la patronal sevillana era Barráu. Su aprobación iba a poder extenderse también fuera la capital andaluza. Según Gutiérrez Molina, pocos minutos después de la firma, Juan Arcas, secretario del comité sindical, envió sendos telegramas a los sindicatos de la construcción de Madrid y Valencia en los que les anunciaba que habían alcanzado las 36 horas. En Valencia se acababa de firmar unas bases en las que se recogían las 40 horas. “Y los madrileños, desde comienzos de junio, estaban inmersos en una dura huelga –junto a la Federación Local de la Edificación de la UGT– en la que no solo se jugaba la mejora de las condiciones de trabajo o la jornada de 36 horas, sino también la primacía sindical en la capital del reino en un ramo que reunía a más de cincuenta mil trabajadores”, resume Gutiérrez Molina. 

El convenio de Sevilla fue ratificado en una asamblea general del sindicato el 28 de junio y entró en vigor al día siguiente. “La duración de este contrato colectivo es por tiempo indefinido mientras los obreros afectos a la Sección de Albañiles del Sindicato Único del Ramo de Construcción no tenga por conveniente su modificación”, finaliza el documento. Menos de 20 días después, el 18 de julio, aquellas conquistas –como tantas otras– saltaron por los aires. “Para los sublevados no se trataba sólo de sustituir las instituciones y personas del régimen republicano sino de borrar de la faz de la tierra a la ‘otra España’ eliminándola físicamente. El anarcosindicalismo formaba parte de los llamados a desaparecer”, concluye el historiador. 

Hasta 1936, Andalucía fue una de las más importantes federaciones del anarcosindicalismoespañol por el número de sus afiliados, actividad de sus sindicatos y personalidad de sus militantes. “Los oficios de la construcción fueron un vivero constante de destacados militantes del anarquismo sevillano. Algunos de sus nombres más conocidos fueron albañiles, ladrilleros o trabajadores de la fábrica de La Cartuja. La mayoría de ellos nacidos en pueblos de la provincia y que acudieron a la capital atraídos por la posibilidad de encontrar trabajo”, destaca Gutiérrez Molina. Pone como ejemplos a Juan Negroles del Valle, Manuel Viejo Artal y los hermanos Juan, Miguel y Julián Arcas Moreda. “Incluso quien llegaría a ser el político sevillano más destacado de este siglo, Diego Martínez Barrio, hijo de albañil, trabajó en ese oficio durante su juventud e ingresó en los grupos anarquistas antes de convertirse en tipógrafo, republicano y cabeza máxima de la masonería española”. El libro está dedicado a Manuel Ramírez Castillo, maestro albañil y anarcosindicalista. 





Los orígenes de la familia capitalista, la escuela y el patriarcado salarial




"En la sociedad precapitalista patriarcal, la casa y la familia eran centrales para la producción agrícola y artesanal. Con el advenimiento del capitalismo, la socialización de la producción se organizó con la fábrica como centro. Los que trabajaban en los nuevos centros productivos recibían un salario. Los que eran excluidos, no. Las mujeres, los niños y los ancianos perdieron el poder relativo que se derivaba de que la familia dependiera del trabajo de ellos, el cual se consideraba social y necesario. El capital, al destruir la familia, la comunidad y la producción como un todo, ha concentrado, por un lado, la producción social básica en la fábrica y la oficina, y, por otro, ha separado al hombre de la familia y lo ha convertido en un trabajador asalariado. Ha descargado en las espaldas de los hombres el peso de la responsabilidad económica de mujeres, niños, ancianos y enfermos: en una palabra, de todos los que no perciben salarios. A partir de este momento comenzó a expulsarse de la casa a todos los que no procreaban ni atendían a los que trabajaban por un salario. Los primeros en ser excluidos de la casa, después de los hombres, fueron los niños: se les mandó a la escuela. La familia dejó de ser no sólo el centro productivo sino también el centro educativo"

Seguir leyendo: https://noticiasyanarquia.blogspot.com.es/2015/06/los-origenes-de-la-familia-capitalista.html


Your boss is not your friend



El 31% de las 2.059 personas sin hogar de Madrid tiene trabajo y 59% estudios superiores


Un 31,4% de las 2.059 personas sin hogar contabilizados en Madrid tienen trabajo mientras que el 58,9% cuenta con estudios superiores, según el último recuento de personas sin hogar de Madrid, realizado el pasado 15 de diciembre, del que ha dado cuenta este martes la delegada de Equidad, Derechos Sociales y Empleo, Marta Higueras, en la comisión del ramo y que recoge Europa Press. 

Un 42% de las personas sin hogar ha sido víctima de agresiones en la calle, recoge el informe del que ha dado cuenta la delegada de Equidad, Derechos Sociales y Empleo, Marta Higueras, sobre el último recuento de personas sin hogar de Madrid, realizado el pasado 15 de diciembre.




Ha dado un resultado total de 2.059 casos, en los que en un 63 por ciento se han visto obligados a dormir en la calle por la falta de trabajo y en el 13,4 por ciento por la falta de papeles. La falta de dinero es la segunda razón para acabar durmiendo en la calle (26,1%), seguido por los papeles, una ruptura afectiva (11,8%), el alcohol (7,6%), como opción voluntaria (6,7%), por enfermedad (2,5%) o por drogas (1,7%).

De las 2.059 personas, 414 de ellas (20%) han sido alojadas en pisos; 1.121 (54%) en centros y 524 personas fueron detectadas en calle (26%). Las personas sin hogar se concentran en Centro (34,7%), Arganzuela (13,4%), Moncloa-Aravaca (10,5%), Chamberí (10,2%), Salamanca (8,8%) o Chamartín (6,2%).

La mayoría son hombres (71%), de entre 40 a 49 años (33,6%). No se registró a nadie menor de 20 años pero sí un 14,7 por ciento tienen más de 60 años. Un 7,8 por ciento tienen entre 20 y 29 años. La mayoría (52,5%) son solteros. Un 24 por ciento están casados, un 12 por ciento divorciados. El 58,9 por ciento tienen estudios superiores.

El 36 por ciento son españoles. El resto se reparte entre rumanos (39,6%), marroquíes (13,2%) y otras nacionalidades como búlgaros, polacos, rusos, ucranianos, serbios, nigerianos, ecutorianos, brasileños...

El 18,8% está apuntado en el INEM. El 42% obtiene sus ingresos pidiendo en la calle frente al 20%, que lo hace de su trabajo. La renta mínima provee de recursos en el 14 por ciento de los casos o las ayudas a la discapacidad en el 6% de los casos. 

Otras fuentes de financiación son amigos (4%), la seguridad social (4%), familiares (3%), pensión de vejez (2%) y seguro de paro (1%).




La UE intenta frenar los daños colaterales de un mundo lleno de trabajadores-robot



Los vehículos sin conductor y los drones ya han modificado nuestro entorno. Son dos ejemplos palpables de la rapidez con que está avanzando la revolución tecnológica de los robots. Máquinas capaces de aprender por sí mismas, interactuar con las personas y actuar en consecuencia. Hasta dónde llegará este desarrollo "nadie lo sabe", dice Tony Belpaeme, profesor de robótica de la Universidad de Plymouth.






Pensar en replicantes como los de "Blade Runner" sigue siendo todavía ciencia ficción, ver algo así "llevará tiempo", explica. Pero cada vez "encontraremos más inteligencia artificial en ambientes digitales o en espacios físicos delimitados, como las fábricas", avisa.



Esta realidad ha llegado sin que apenas esté regulada y para abordar los retos que plantea, el Parlamento Europeo ha iniciado un debate con varias ideas para ver qué normas se deben aprobar. Todas ellas están recogidas en un informe que se ha aprobado este jueves tras más de un año de trabajo.


Ninguna de las ideas pretende ser una solución definitiva. “No tengo respuestas”, reconoce Mady Delvaux, la eurodiputada que lo ha dirigido, porque “somos los primeros que nos ocupamos de este tema”. Pero pide a la Comisión Europea que utilice el texto como una base para desarrollar leyes dentro de dos años.


Una de las principales preguntas que plantea la Eurocámara es qué impacto tendrán unos robots cada vez más autónomos en el mercado laboral. Quiere saber cuántos trabajos se perderán y cuántos se crearán. Los estudios más alarmistas que se han hecho hasta la fecha, recogidos por la OCDE, estiman que la mitad de los trabajos en Estados Unidos y las economías avanzadas está en riesgo de desaparecer en los próximos 10 o 20 años.


Otros más optimistas reducen la cifra hasta el 12% en países como España, Alemania y Austria y hasta el 6% en Finlandia y Estonia. “No está claro cómo esta tendencia evolucionará en el futuro, porque simultáneamente se están produciendo otros cambios estructurales”, dice la organización en un informe del año pasado. “Es probable que el trabajo se desplace a una velocidad que no se ha visto hasta ahora” y que “los robots provoquen que la redistribución de la riqueza sea más desigual que hoy en día y que los salarios de las personas no cualificadas caigan por debajo del nivel socialmente aceptado”.


Por eso, el informe ha planteado hasta el último momento la posibilidad de establecer una renta básica que compense la falta de trabajo. Una forma de financiarla podría ser a través de impuestos que pagaran las propias máquinas que se quedasen con el empleo, como ya ha propuesto Philip Hamon, el candidato socialista a la presidencia francesa.


Pero la idea tiene sus complicaciones legales, porque como apuntaba el borrador del texto de Delvaux, para lograr que los robots tengan derechos y obligaciones hay que definirlos como “personas electrónicas”. Se añade así un problema ético que ha llevado a los partidos conservadores a votar en contra de la propuesta, impidiendo que salga adelante. Tampoco el grupo liberal era favorable. Como apuntaba la eurodiputada Kaja Kallas, poner impuestos a los robots, “va a frenar su creación” y dañará a las empresas europeas del sector.


La revolución tecnológica también implica grandes avances en “ámbitos como la asistencia sanitaria, las operaciones de salvamento, la educación y la agricultura, permitiendo que los seres humanos dejen de exponerse a condiciones peligrosas”, señala el documento.


Otra de las dudas que surge es saber a quién debe achacársele la responsabilidad en caso de que un robot provoque un accidente: ¿al fabricante o al vendedor? De nuevo, una pregunta sin respuesta, aunque la Eurocámara sí da una recomendación a los ingenieros: “Los robots deben actuar en beneficio del hombre”, señala, emulando las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov.


Luc Steels, científico experto en lenguaje de la robótica y por tanto en la interacción entre hombres y máquinas, cree que hoy puede ser difícil evitar ciertos daños, y más aún poder determinar quién es el responsable. Muchas de las máquinas actuales con inteligencia artificial “se basan en una gran recogida de datos” para “reconocer patrones” que les permitan actuar, pero “no tienen una comprensión real de lo que pasa”.


Culpar al robot, por tanto, parece complicado, así como averiguar la causa del percance, ya que la actuación del robot se basaría en una acumulación de experiencias previas.


En cualquier caso, para solucionar este problema, el Parlamento Europeo propone diseñar los robots con un botón de autodestrucción, que se pudiera apretar en caso necesario. El debate sobre los retos que plantea esta nueva revolución se ha instalado ya a nivel europeo, pues “la política está para organizar la vida de las personas”, dice Delvaux.


Sin embargo, Steels cree que ha ido demasiado lejos, imaginándose una vida con robots humanoides que aún dista mucho de ser realidad. En cambio, considera que es necesario centrarse en la inteligencia artificial que ya existe en el mundo digital. “Buscadores como Google tienen un verdadero impacto, actuando como intermediarios entre las empresas y clientes, a través de algoritmos”.

La verdadera historia de los luditas

La verdadera historia de los luditas: no era tecnofobia, era lucha de clases.

“El trabajador solo respetará la máquina el día que ésta se convierta su amiga, reduciendo su trabajo, y no como en la actualidad, que es su enemiga, quita puestos de trabajo y mata a los trabajadores”

Émile Pouget (1860-1931), anarcosindicalista francés.

Si te opones a la implantación de algún tipo de tecnología por los motivos que sea, eres un ludita que cuestiona el progreso. Al menos es así según la Fundación para la Tecnología de la Información e Innovación de Estados Unidos (ITIF por sus siglas en inglés).

Este ‘lobby’ financiado por grandes compañías tecnológicas como Google, Dell y Microsoft considera la innovación tecnológica “la fuente de progreso económico y social” y desde 2015 otorga los Premios Luditas. Según ITIF, los ‘neoluditas’ buscan “convencer al público y a los políticos de que la innovación tecnológica es algo que debe ser temido y contenido” y quieren un mundo que esté “en gran medida libre de riesgo, innovación o cambios incontrolados”.

Entre los nominados se encuentra quienes buscan prohibir los “robots asesinos”, los que prefieren usar taxis en vez de Uber (aunque los motivos para hacerlo sean numerosos), el gobierno francés por su ‘ley antiAmazon’ que impide a la multinacional vender libros por debajo del precio fijado por la ley y el estado de Nueva York por “ponerse duro con Airbnb y sus anfitriones” porque el 72% de las reservas viola la ley estatal.

Los ganadores del Premio Ludita 2015 fueron Stephen Hawking y Elon Musk (cofundador de Paypal, Tesla y SpaceX) por alertar de los peligros de la inteligencia artificial. ¿Cómo pueden ser considerados Musk y Hawking personas que consideran la innovación de forma negativa? ¿Quiénes fueron los luditas y qué buscaban realmente?



Para comprender quienes fueron realmente los luditas (o ludditas) debemos viajar a la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Una década de guerra contra Napoleón disparó el desempleo, así como los precios de los productos cotidianos.

La clase trabajadora sufría una fuerte crisis económica y los dueños de la potente industria textil del norte de Inglaterra buscaron reducir costes mediante la bajada de los salarios de sus trabajadores y la introducción de nueva maquinaria que suponía prescindir de parte de la mano de obra para obtener un producto más barato pero de peor calidad.

Con los sindicatos prohibidos y perseguidos desde 1800, el movimiento ludita surgió el 11 de marzo de 1811 en Arnold, cerca de Nottingham. Después de ser reprimida por el ejército una protesta que demandaba más trabajo y mejores salarios, esa misma noche una turba destruyó 63 telares automáticos que reemplazaba la fuerza de trabajo de los tejedores.

El movimiento se extendió rápidamente: en las dos semanas siguientes más de cien telares fueron hechos añicos en ataques nocturnos contra la tecnología que amenazaba los puestos de trabajo en los centros textiles del centro y norte de Inglaterra, en pleno corazón de la Revolución Industrial. En noviembre de ese mismo año más máquinas fueron destruidas y varias fábricas ardieron.

Pero el ‘modus operandi’ había cambiado. Ahora los ataques eran precedidos por cartas amenazantes firmadas por Ned Ludd. Cartas como esta:

Nos hemos enterado hace unos días que has comprado máquinas de tundir y si no las haces desaparecer en menos de quince días nosotros las destruiremos; y contigo haremos lo mismo, maldito perro infernal. Y por Dios Todopoderoso destruiremos todas las fábricas que tengan máquinas de tundir, os sacaremos a todos vuestros malditos corazones del pecho y nos mofaremos de los demás, les pegaremos o les haremos lo mismo que a vosotros.

Ludd nunca existió y estuvo inspirado en un supuesto aprendiz que 22 años antes destruyó dos telares tras ser castigado por su jefe. Ned Ludd “encarna el derecho del pobre para ganarse la vida y defender las costumbres de su oficio contra los indecentes depredadores capitalistas, evidencia la fuerte independencia de una comunidad preparada para resistir por sí misma la idea de que las fuerzas del mercado más que los valores morales deben determinar el destino del trabajo”, según el historiador Adrian Randall.

Más de cien telares fueron hechos añicos en ataques nocturnos contra la tecnología que amenazaba los puestos de trabajo en los centros textiles del centro y norte de Inglaterra
La respuesta del Gobierno británico fue implacable. 12.000 soldados se desplegaron para luchar contra los luditas, superando en número a las tropas enviadas a la península ibérica para luchar contra Napoleón. El parlamento aprobó en 1812 una ley que castigaba con pena de muerte la destrucción de máquinas.

Al menos 30 luditas fueron ahorcados y más de 60 fueron desterrados a Australia. Aunque para 1813 el movimiento ludita estaba casi desmantelado, los últimos disturbios atribuibles a los luditas ocurrieron en 1817. Más de mil hilanderías no sobrevivieron a la furia del mítico Ned Ludd. El ‘laissez-faire’ le había ganado la batalla al ludismo.

No es la tecnología, es el capitalismo


Steven E. Jones, profesor de Humanidades 
Digitales en la Universidad del Sur de Florida y estudioso del movimiento ludita

Diversas motivaciones ‘a posteriori’ se han atribuido a los luditas. Para Steven E. Jones, profesor de la Universidad del Sur de Florida y autor del libro ‘Against Technology’ el ludismo original era un “movimiento obrero” que no estaba contra la tecnología ‘per se’. “De hecho eran usuarios de la tecnologías que solo querían un salario justo por su trabajo y no ser dejados fuera de servicio por los dueños de la industria”, explica Jones.

“No estaban opuestos filosóficamente a la tecnología con mayúscula. Consideraban la maquinaría parte de su propio ambiente y querían mantener el control sobre él, de la misma forma que su ‘gremio’ lo había deseado mantener durante generaciones”. Los destructores de máquinas, según la historiadora Maxine Berg, “criticaban la rápida introducción de nuevas técnicas en situaciones que daban como resultado inmediato el desempleo tecnológico”.

Por su parte, el historiador David F. Noble defiende en su libro ‘Una visión diferente del progreso: En defensa del ludismo’ que los análisis que se hicieron del ludismo “constituyeron un esfuerzo ‘post hoc’ para negar legitimidad y racionalidad” al movimiento “con el fin de garantizar el triunfo del capitalismo”

David F.Noble, historiador y autor del libro
‘Una visión diferente del progreso: En defensa del ludismo'

Frente al mito de que se oponían al progreso tecnológico, Noble argumenta que ni creían ni podían creer en él “dado que se trataba de una idea extraña a ellos que fue inventada después para intentar prevenir su reaparición. A la luz de esta invención, los luditas fueron tratados como irracionales, provincianos, inútiles y primitivos. En realidad, los luditas fueron quizás los últimos que en Occidente percibieron la tecnología en su presente concreto, y actuaron consecuentemente”.

Pero el ludismo no fue igual en todas las zonas de Inglaterra. En la zona de Nottingham y Leicester “no había nueva tecnología a la que oponerse pero los luditas protestaron destruyendo máquinas más que atacando físicamente a los patrones”, explica Kevin Binfield, autor del libro ‘Writing of the Luddites’ y profesor de la Universidad de Murray State.

En Yorkshire “dos máquinas inventadas aunque prohibidas hace dos siglos estaban siendo implantadas en las fábricas específicamente para reemplazar a los cosechadores altamente cualificados y con buenos salarios. Las máquinas reducían la mano de obra necesaria mientras que en otras regiones luditas los patrones reemplazaban principalmente a los trabajadores bien remunerados por otros mal pagados”, detalla Binfield.

“Solo en Yorkshire puede decirse que los luditas se oponían realmente al uso de la tecnología en sí mismo, ya que esas máquinas estaban reemplazando a los trabajadores”. Para el imaginario colectivo los luditas fueron asociados con la variedad violenta de Yorkshire “porque fue mucho más simple, más directo y más violento” que en otras regiones, arguye el historiador.


Aunque se hayan llevado la fama, los luditas tampoco fueron pioneros en eso de destrozar máquinas. Desde el siglo XVIII hay registrados en Inglaterra disturbios en los que se atacaron los medios de producción como forma de “negociación colectiva” según el historiador marxista Eric Hobsbawn. En su opinión los luditas no tuvieron especial hostilidad contra las máquinas y usaron los ataques contra la maquinaria como “medio de coerción contra sus empleadores para garantizarles concesiones respecto a los salarios y otros asuntos laborales”.

Este tipo de acciones “no estaba dirigido solo contra las máquinas sino también contra las materias primas, los bienes terminados e incluso contra la propiedad privada de los empleadores, dependiendo de a que tipo de daño fuesen más sensibles. Los destructores de máquinas del siglo XIX no estaban preocupados por el progreso técnico en abstracto”.

Pese a que hoy consideremos la llegada de nuevas tecnologías progreso, para los que vivían durante la Revolución Industrial la máquina “no era una conquista, sino el resultado de una imposición”, opina Maxine Berg. En los albores de la Revolución Industrial “aún parecía posible detener el rápido proceso de cambio tecnológico”.

Los luditas no eran tecnófobos temorosos del mundo moderno sino obreristas que luchaban por sus derechos en una época en que el sindicalismo aún estaba perseguido
Para los historiadores revisionistas que han replanteado la percepción que se tenía de los luditas su resistencia fue bastante racional, contaron con un amplio apoyo y tuvieron éxitos como el despertar de una conciencia política entre los trabajadores. “Aunque en su mayor parte fuesen ahorcados o desterrados, es posible argüir que triunfaron como un movimiento simbólico y subcultural, como evidencia el hecho de que los escritores y los activistas continúan citando su ejemplo más de 200 años después”, argumenta Steven Jones.

La inevitable mecanización industrial es la razón por la que fracasó el ludismo, según muchos historiadores, una interpretación que descarta Kevin Binfield: “el ludismo se extinguió cuando se volvió violento contra las personas”, incentivando una fuerte represión gubernamental contra el movimiento obrero.

Una interpretación que el propio Karl Marx incluyó en ‘El Capital’. Y es que según el alemán el movimiento ludita dio “un pretexto para la adopción de las medidas más reaccionarias y enérgicas. Faltaban tiempo y experiencia antes de que los obreros aprendiesen a distinguir entre la maquinaria y su empleo por parte del capital”.

Y es que no solo los capitalistas atacaron el “antimaquinismo”; Marx consideraba que el progreso de la tecnología era “la contribución del capitalismo al progreso humano” y Engels llamó al sabotaje “el pecado juvenil del movimiento obrero”. Por todo ello atacaron a los luditas por contrarrevolucionarios.

Aun así, como señala David Noble, las pocas pruebas históricas hace difícil saber realmente “la transcendencia concreta que tenía la destrucción de las máquinas en el contexto del movimiento de los trabajadores”. Pero se puede concluir que los luditas no eran tecnófobos temorosos del mundo moderno sino obreristas que luchaban por sus derechos en una época en que el sindicalismo aún estaba perseguido.

Capitán Swing

Una de las cartas firmadas por el "Capitan Swing"


Pero el ludismo no fue el único movimiento obrero en los comienzos del siglo XIX en Inglaterra que atacó las innovaciones tecnológicas. Los trabajadores agrícolas del sureste del país destruyeron más de 100 máquinas trilladoras en 1830. Fue conocido como las revueltas de Swing debido al nombre con el que se firmaron varias cartas amenazadoras: el ficticio Capitán Swing.

En este caso, explica Noble, los trabajadores tampoco se oponían a las trilladoras sino a “la eliminación del trabajo de invierno, a la amenaza del desempleo y, en términos generales, a la proletarización del trabajo agrícola”. En su opinión, “los trabajadores estaban reaccionando contra la intrusión de las relaciones sociales capitalistas, marcadas por la dominación y la esclavitud asalariada, y eran perfectamente conscientes de que la introducción de las nuevas tecnologías por sus enemigos formaba parte del esfuerzo capitalista por arruinarlos”.

Otra interpretación histórica, desarrollada por Geoffrey Bernstein, propugna que la destrucción de máquinas era más que una mera táctica. Bernstein indica que destrozar máquinas era realmente lo principal al ser “una estrategia de movilización para los trabajadores”. Al fin y al cabo, la destrucción de la maquinaria era el distintivo del movimiento ludita y de las revueltas de Swing y sirvió para dar coherencia al movimiento, promovió lealtades para unificar estrategias a través de figuras míticas como Ludd y Swing y dio a los trabajadores un sentido de solidaridad que amplió su poder, según el análisis de Bernstein.

Neoludismo


Volvamos al comienzo. Un ‘lobby’ del gran capital tecnológico llama despectivamente ludita a un capitalista creyente en el progreso tecnológico. Definitivamente no se le puede llamar ludita pero tampoco tecnófobo. Es ridículo y es una forma de desacreditar cualquier tipo de crítica a algunas tecnologías como si fuese una ofensiva contra la mismísima innovación tecnológica. Mención aparte se merece considerar tecnología la “economía colaborativa” de Airbnb y Uber.

Según Kevin Binfield, “más del 80% de los trabajos perdidos en Estados Unidos desde el año 2000 ha sido debido a la automatización pero la clase obrera estadounidense demoniza a los trabajadores chinos y mexicanos como ladrones de puestos de trabajo”
Y es que el término ludismo ha sido gravemente tergiversado, en opinión de Kevin Binfield, tanto por los actuales tecnófobos que “quieren introducirse en un discurso de ‘originalismo’ y dar un nombre a su ideas” y por los tecnófilos que “quieren etiquetar a aquellos que se oponen a la automatización con el nombre de uno de los perdedores de las clases de historia”.

Como señala Binfield, “más del 80% de los trabajos perdidos en Estados Unidos desde el año 2000 ha sido debido a la automatización” más que al traslado de fábricas a otros países pero “la clase obrera estadounidense demoniza a los trabajadores chinos y mexicanos como ladrones de puestos de trabajo” en vez de a las mejoras tecnológicas introducidas por los capitalistas para reducir los costes de mano de obra.

“Los hoy llamados luditas, en realidad neoluditas, a menudo son simplemente nostálgicos de un supuesto pasado libre de tecnología que nunca existió realmente. Son luditas como forma de vida, una posición basada en un cierto privilegio que los luditas no tenían”, agrega Steven Jones. “Pero eso no quiere decir que las problemáticas de la automatización, el trabajo y la propiedad de las tecnologías no sean importantes hoy”.

El debate sobre el progreso tecnológico y sus efectos sigue abierto. Así que al menos usemos correctamente los términos “ludita” y “tecnófobo”.