Morir por un sueldo


Morir por un sueldo: cómo el trabajo acaba con tu salud

Varios investigadores ligan el estrés laboral con dolencias de salud crónicas y piden una revisión de las relaciones entre jefes y empleados y la cultura en las oficinas españolas


“¡Ustedes son los responsables de la crisis sanitaria!”, aseguran que dijo Robert Chapman, a la sazón presidente ejecutivo de Barry-Wehmiller, frente a más de 1.000 altos ejecutivos. Esto sucedió en Estados Unidos y es una inspiradora sentencia con la que concuerdan Jeffrey Pfeffer y una de sus maestras y mentoras, la española Nuria Chinchilla: “Es bien sabido que el estrés que se genera en el trabajo, y que en general proviene de arriba, puede ser la causa de múltiples enfermedades físicas”, explica esta inquieta profesora del IESE. Ese estrés, apostilla, donde se produce en mayor medida y con más frecuencia es en el entorno laboral.

Lo cierto es que la ansiedad laboral, que cada día es mayor, aumenta los niveles de cortisol. Y que esta hormona, a su vez, incrementa el nivel de azúcar en la sangre. Un hecho que puede provocar diabetes y otras complicaciones de salud, generalmente de tipo crónico, como los problemas de circulación sanguínea. Estas dolencias crónicas son las que suponen un montante más elevado en los gastos sanitarios. Así que, en definitiva, no iba desencaminado Chapman, aunque sus tesis sean más bien de tipo social que científico.

La vida debe equilibrarse entre tres patas con igual importancia: el trabajo, lo personal y lo social

“Con el estrés se resiente el sistema inmunitario y eso provoca complicaciones”, precisa Chinchilla, que se apoya en varios estudios llevados a cabo por su equipo. Pero en realidad donde a ella le gusta poner el acento es en que “la gente no tiene tiempo para descononectar, para recargar pilas, y eso provoca además que no pueda dormir”, y que todo eso revierte en su estado físico, al margen del mental.

Lo cierto es que la profesora, que recientemente ha publicado el libro ‘Integrar la vida’, junto a las también docentes Esther Jiménez y Pilar García-Lombardía, lleva mucho tiempo advirtiendo de los peligros de “convertirse en máquinas” y recomendando que la vida debe equilibrarse entre tres patas con igual importancia: trabajo, personal y social. Y que la relación entre la salud y el cultivar la vida privada no es ninguna tontería, para lo cual han elaborado varios estudios académicos. “Las condiciones laborales van a peor y eso está íntimamente relacionado con algunas dolencias objetivas”, va más allá Pfeffer, que ha recopilado historias concretas de personas afectadas.

Animalillos manipulados

“Lo que no puede ser es que poco a poco nos hayamos dejado convertir en máquinas”, sostiene Chinchilla, que aún va más allá y ve todavía peor que nos transformemos en “animalillos a los que se les da una azucarillo de vez en cuando para manipularnos”. En su opinión, una parte de responsabilidad grande es de los propios asalariados. “Es una vida intoxicante a tope a la que si no ponemos freno no podremos negociar nunca cómo pararla”. Para la profesora, la responsabilidad también es de los altos directivos, pero no exonera tampoco a los cuadros medios de las compañías, “porque se han criado en la misma cultura empresarial y es la que practican y la que a su vez transmiten”.

Chinchilla advierte, en la línea de Pfeffer, aunque quizá algo menos categórica en lo que se refiere a la salud y el dinero que ello cuesta, que “debemos integrar el trabajo en la vida, porque es una parte más de ella, pero no toda”. Uno de sus estudios comparó dos departamentos de la misma empresa con directrices muy distintas. Los resultados le dieron la razón. En aquel en el que se dejaba conciliar y tener responsabilidad a sus miembros, estos estaban más felices, más comprometidos y obtenían mejores resultados; por el contrario, en la que no se llevaba esto a cabo, los resultados eran un 400% peores.

No deberíamos seguir tolerando que las empresas puedan dañar la salud de las personas sin responsabilidad

Chinchilla recuerda el mantra tantas veces repetido, pero no por eso aún vigente, de que en España “se sacraliza el presentismo y se considera que es un símbolo de compromiso con la empresa”, lo que, obviamente, desde su punto de vista es un error”. Para la profesora cada uno debe “autoliderar su vida y el trabajo debe ser una fuerza centrífuga, que sirva para salir hacia afuera y no centrípeta, que lo absorba todo hacia adentro”. La académica recuerda la Ley de Parkinson, según la cual la jornada laboral se dilata hasta el infinito si no se le ponen límites conscientes.


“No deberíamos seguir tolerando que las empresas puedan dañar la salud de las personas sin ningún tipo de reparo ni responsabilidad, con total impunidad”, clama Pfeffer, que también ha escrito un libro al respecto, ‘Morir por el sueldo’. Pero no parece que en la agenda de nadie esté entrar en ese asunto en profundidad y menos aún en la de los 1.000 altos ejecutivos a los que se dirigió en su día Chapman.

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