Sobre la miseria del trabajo y su posible superación



"Sobre la miseria del trabajo y su posible superación" Blai Dalmau Solé. (Mayo-Julio del 2003)

Lo que hasta ahora era simplemente una oposición refleja y visceral, está siendo teorizado y cogiendo la forma de un movimiento con ansias vehementes y conscientes de cambiar la realidad. Me refiero a la oposición al trabajo. De hecho, Paul Lafargue ya reivindicó hace mas de un siglo el "Derecho a ser un vago" (1). Pero la crítica abierta y radical del trabajo embrutecedor y alienante está empezando a coger fuerza entre la gente actualmente. Cada vez más individuos, colectivos y organizaciones se dan cuenta de que no es la televisión, ni el consumismo, ni la violencia, sino el trabajo, el pilar central de esta sociedad y la causa principal de nuestra infelicidad. Este ensayo es solamente una voz más dentro de este movimiento que aboga por criticar y rehusar el trabajo capitalista, por su injusta y esclavizante naturaleza. He intentado buscar y analizar las causas y consecuencias de la miseria que presenta nuestro mundo laboral actualmente y hacer algunos esbozos sobre cómo podría ser superada. Lo que aquí encontrarás es una síntesis de observaciones, experiencias, ideas y ejemplos que he ido desarrollando yo mismo en algunos casos y tomando de otra gente y autores en otros.

Debe quedar claro que este ensayo intenta reflejar la realidad, pero sobretodo, pretende modificarla. Si lo que aquí se dice supusiese para muchísima gente una gran revelación sobre los problemas del trabajo actual pero nadie cambiase lo más mínimo su vida, todo esto habría sido un esfuerzo en vano, un rotundo fracaso. Si por el contrario la lectura de este texto suscita algún cambio en la vida cotidiana de unas cuantas personas - que cambian de trabajo, que intentan vivir sin tener que trabajar bajo las denigrantes condiciones imperantes, que montan una cooperativa o una comunidad donde el trabajo sea autogestionado y libre, etc-, este texto habrá sido un éxito.

El futuro está en nuestras manos. De nosotros, de cada una de nuestra acciones, decisiones y actitudes depende que el trabajo sea cada vez más miserable y este mundo cada vez más gris, o que por lo contrario, el trabajo sea cada vez más libre y este mundo cada vez más lleno de color.

Blai Dalmau Solé 
01-06-03


1.El primer paso para sanarnos es reconocer la enfermedad.
El trabajo, tal como es concebido en nuestra sociedad capitalista, es un intercambio comercial que consiste en la venta por parte de un individuo de su fuerza productiva a cambio de una recompensa económica que le permite sobrevivir - adquirir vivienda y comida - y consumir diferentes productos y servicios. Esto es el trabajo considerado en términos estrictamente económicos; pero vayamos un poco mas lejos: ¿qué significa verdaderamente el trabajo para la mayoría de nosotros?

El trabajo es esa actividad en la que gastamos una gran parte de nuestro tiempo - una media de cuarenta horas semanales - y que, sin embargo, nos desagrada profundamente. Casi nadie disfruta y se siente realizado con su trabajo; para la mayoría trabajar es una tarea aburrida y rutinaria, sin mucho interés ni importancia. Trabajar es un sacrificio que nos vemos empujados a hacer para poder continuar adelante, y si pudiésemos no hacerlo...no lo haríamos. Estamos alienados de nuestros empleos y esto nos hace estar alienados de nuestra vida; trabajamos sin pasión ni ilusión; a menudo notamos como el trabajo no nos deja desarrollar libremente, vemos que nos pudre intelectualmente y nos atrofia físicamente y lo odiamos, pero - como buenos cristianos que somos - aceptamos que "la vida es dura" y nos resignamos con nuestra mediocridad.

Sin embargo, trabajar no tendría porque ser una mierda. Como dijo Marx: "el hombre es un animal que trabaja". Trabajar, en el sentido más amplio del verbo, es decir, esa actividad productiva y creativa en que el hombre transforma los recursos naturales en bienes que le son útiles, es sin duda algo que el hombre hace casi instintivamente porque encuentra en ello un placer insustituible. Nuestros músculos y nuestro cerebro disponen de una cantidad de energía que debemos gastar trabajando física e intelectualmente para sentirnos bien. Es por eso que el trabajo no tendría porque ser una actividad odiosa y pesada como es ahora, sino que podría ser todo lo contrario: nuestra fuente de felicidad, una actividad interesante y emocionante. De hecho, actualmente en nuestra sociedad hay gente que se siente realizada y satisfecha con su trabajo, gente que no trabaja por dinero, sino porque disfruta con su labor; pero desgraciadamente esta gente es una muy reducida minoría. ¿Cuál es el problema? ¿Si trabajar podría ser un goce, por qué para la mayoría no lo es?


2. Ganarás el pan de cada dia con el sudor de tu frente.
La organización y el funcionamiento del trabajo en nuestra sociedad es lo que hace que trabajar sea la lacra de nuestra vida. En una sociedad capitalista neoliberal como la nuestra, todo está diseñado para alcanzar la máxima eficiencia, especialmente nuestros empleos. Estos no están pensados para que los disfrutemos, sino para explotarnos al máximo. Tenemos trabajos en los que no podemos decidir nada, muy especializados, extremadamente repetitivos y demasiado largos por la simple razón de que de esta manera somos más rentables para las empresas.

Un problema importante y que va en auge debido a la proliferación de las grandes multinacionales es la falta de libertad en nuestro trabajo (2). Actualmente, trabajar significa limitarnos a ejecutar las faenas que nos son ordenadas de la manera y en el tiempo que nos es exigido. La jerarquía y el imperativo de la productividad reinan en nuestro mundo laboral y anulan todo nuestro potencial creativo convirtiéndonos en autómatas. Por ejemplo, el camarero de un restaurante no puede decidir casi absolutamente nada sobre cómo sirve las mesas, cómo va vestido, qué tipo de platos sirve y a qué precios, cuántas horas y a qué ritmo trabaja, cuál es la decoración del local, etc; no puede cuestionar ni pensar sobre nada de lo que esta haciendo; simplemente debe acatar ordenes y ejecutar sistemáticamente las tareas que tiene asignadas. No toma parte como persona en su trabajo y por tanto no se siente participe de él: está alienado. ¿No sería mejor que él y los demás trabajadores tuviesen el control sobre todo lo referente a su trabajo? ¿No se sentirían entonces todos mucho más identificados con su empleo y lo harían con mucho más gusto e ilusión?

No tenemos casi ningún control sobre nuestra labor, pero menos aún sobre el producto de esta labor. Éste, que de una manera natural nos pertenece (3), bajo el sistema capitalista nos es arrebatado sistemática y oficialmente. Es decir, el mundo no funciona bajo la premisa de "yo me lo guiso, yo me lo como" sino sobre la de "yo lo guiso, el jefe se lo come, y me da las sobras". La clase trabajadora produce toda la riqueza existente, pero solo tiene acceso a una pequeña parte de ella. La alienación que padecemos tiene dos caras que están en perfecta comunión: la alienación del proceso y la alienación del resultado. De hecho, una no podría existir sin la otra. Como las condiciones bajo las cuales nos vemos obligados a trabajar hacen que prácticamente no nos sintamos identificados con nuestro trabajo - alienación del proceso -, tampoco nos sentimos identificados con el producto de nuestro trabajo - alienación del resultado -, y por tanto, no percibimos que este producto nos esté siendo robado. Estamos totalmente alienados, escindidos, separados. Cuando trabajamos, simplemente dejamos de ser nosotros mismos para pasar a ser una pieza en la maquina de producción, una herramienta en las manos del jefe.

De hecho, llegamos a asociar el tener que dedicar esfuerzo y hacer cosas con nuestro trabajo, y asociamos relajarnos y no hacer nada con el tiempo libre. Por tanto, debido a que muchos de nosotros no nos gustan nuestros trabajos, tendimos a asociar el tener que hacer algo con estar infeliz, mientras que la felicidad, tan lejos como la conocemos, significa...no hacer nada. Nunca actuamos por nosotros mismos, porque gastamos nuestros días enteros actuando para otra gente, y pensamos que actuar y trabajar duro conduce a la infelicidad; nuestra idea de felicidad es no tener que actuar, estar en vacaciones permanentes.

También la extrema especialización, monotonía y concreción que presentan nuestros empleos convierten trabajar en una actividad desagradable. El lavaplatos de un bar no hace nada más que lavar platos; su mundo se reduce a platos, grasa, jabón y agua. Durante el gran numero de horas de su vida que ocupa trabajando no desarrolla su intelecto ni su físico, no interactúa con otra gente, no ve la luz del sol; solo hace el mismo trabajo manual una y otra vez: lavar platos. En contraposición, el arquitecto hace un trabajo muy intelectual, siempre está calculando longitudes e imaginado espacios, pero nunca hace nada manual ni práctico y jamás se mueve de la silla de su despacho. Tanto el lavaplatos como el arquitecto están anhelando un poco de variedad. A los dos el trabajo les está impidiendo el desarrollo de todas sus facetas como persona. Probablemente al arquitecto le iría bien gastar parte de su tiempo y energía haciendo cosas manuales como lavar platos, en las que no tuviese que hacer ningún esfuerzo intelectual; pero no puede porque es arquitecto y tiene que hacer este trabajo todo el día. Por otro lado, el lavaplatos disfrutaría haciendo otras tareas más creativas e intelectuales como por ejemplo diseñar su casa y la decoración de su dormitorio; pero no puede hacerlo porque la organización del trabajo actual le obliga a pasarse el día lavando platos. El absurdo resultado de esta situación es que el lavaplatos lava a desgana los platos que el arquitecto ha ensuciado comiendo en el bar y que en verdad no le importaría lavar él mismo mientras el arquitecto diseña sin demasiada ilusión la casa del lavaplatos cuando a este le encantaría diseñarla él mismo. Es solo un ejemplo, pero es paradigmático de la problemática que conlleva el elevado grado de especialización laboral de nuestra sociedad.

También detestamos nuestros trabajos por el simple hecho de que trabajamos demasiado. Más que la sociedad del consumo, la nuestra es la sociedad del trabajo. Trabajar es lo que hacemos en la mayoría de horas de nuestro día, la mayoría de días de nuestra semana, la mayoría de semanas de nuestro mes, la mayoría de meses de nuestro año y la mayoría de años de nuestra vida. Además, el trabajo está organizado de tal manera que si queremos trabajar poco tenemos que aguantar empleos basura, y si queremos un empleo decente - más o menos interesante y bien pagado - normalmente tenemos que aguantar un horario agotador. Trabajos que podrían ser estupendos se convierten en insoportables debido a que son realizados durante un periodo excesivo de tiempo. La interminable jornada laboral que hacemos absorbe todas nuestras energías, asfixia nuestros proyectos y nos desgasta como personas. Distribuyendo equitativamente el trabajo y el producto de este trabajo y empleando la tecnología realmente a favor de la liberación del hombre sería posible desprendernos de gran parte del trabajo que hacemos actualmente. Sin embargo, esto no interesa al orden económico imperante. Interesa que trabajemos mucho, que seamos esclavos del trabajo, y que los que no los son, los parados, estén deseosos de serlo. ¿Por qué, a pesar del increíble avance tecnológico, hace más de cincuenta años que no se reduce la jornada laboral? ¿Por qué las jornadas laborales son tan largas y hay tanta gente sin empleo? ¿Por qué no se reparte más el trabajo de manera que todos trabajemos, pero menos horas? No interesa. Esta es la triste respuesta: no interesa al sistema capitalista neoliberal en que vivimos.

En conclusión, nuestro repudio al trabajo es la reacción lógica a las condiciones bajo las cuales la organización económica imperante nos fuerza a trabajar. De hecho, cualquier actividad, por mucho que nos apasione, si la realizásemos bajo las mismas condiciones en que realizamos los trabajos actualmente, la acabaríamos por odiar. Pondré un ejemplo. A mi me encanta tocar la guitarra, pero si la tuviese que tocar ocho horas al día durante cinco días a la semana y aprender las canciones que me ordena un jefe, al ritmo y manera que él quiere, y tocarlas incesantemente, sin poder llevar a cabo casi ninguna otra actividad ni poder practicar con otro instrumento, entonces seguramente acabaría por odiar la guitarra, las canciones, a mi jefe y probablemente a mí mismo. Lo que en un principio era un gran placer para mí - tocar la guitarra - se acabaría convirtiendo en un martirio. Con el trabajo pasa exactamente lo mismo.


3. La zanahoria inalcanzable y el látigo: dos manera de hacer trabajar al burro.
Lo notamos, lo sabemos, lo percibimos en nuestra propia piel que trabajar es una mierda, y sin embargo, pocos de nosotros nos quejamos y rebelamos conscientemente contra nuestros trabajos; la mayoría se resigna y algunos incluso aman su servidumbre. Esto es debido, en gran parte, a que estamos altamente condicionados para que la miseria de nuestros trabajos nos parezca algo normal e inevitable. Desde muy pequeños, esta sociedad y sus instituciones - familia, escuela, televisión, etc. - nos fuerzan a pasar por el tubo y nos inculcan unas ideas y costumbres que harán de nosotros dóciles y útiles piezas del sistema. En las escuelas somos enseñados primordialmente a soportar el insoportable funcionamiento de nuestros futuros trabajos: aprendemos a obedecer la autoridad del maestro que después se convertirá en la autoridad del jefe; nos acostumbramos a competir con nuestros compañeros de clase que posteriormente serán compañeros de trabajo; adquirimos el hábito de ser puntuales siguiendo estrictos horarios; empezamos a hacer las cosas con el fin de conseguir puntuaciones - que después serán dinero - y no por la simple satisfacción de hacerlas; empezamos a tener deberes impuestos, a hacer esfuerzos inútiles, a sacrificarnos, a olvidar y reprimir nuestros deseos, a no cuestionar lo que se nos dice y ordena; etc (4). De esta manera la escuela nos va moldeando para que, llegado el momento, nos adaptemos sin rechistar a la miseria que sufriremos en nuestros trabajos.

Sin embargo, es evidente que la principal razón por la que aguantamos desagradables trabajos no es el condicionamiento que hayamos recibido y estemos recibiendo - a pesar de que este factor tiene un papel más determinante de lo se acostumbra a creer-, sino porqué tenemos que hacerlo para sobrevivir y satisfacer nuestras necesidades impuestas por el entorno en que vivimos y su publicidad. Hay diferencias, evidentemente, pero en esencia la esclavitud del pasado y el trabajo asalariado del presente son la misma cosa: ejecutar una serie de tareas obligadamente para alguien que está en una posición superior de la jerarquía social. Antes, los esclavos eran obligados a trabajar para su amo por la fuerza de la violencia; ahora los esclavos modernos somos obligados a trabajar para nuestra empresa por la fuerza del dinero (5). Antes a los esclavos, a cambio de su trabajo, se les daba lo justo para que pudiesen sobrevivir y continuar trabajando; ahora a nosotros se nos de eso más alguna golosina en forma de productos de consumo. Nosotros tenemos el llamado "tiempo libre", es decir, somos esclavos a tiempo parcial mientras ellos lo eran a jornada completa. En definitiva, ha cambiado el nombre y la apariencia de la esclavitud, pero ésta continua existiendo.


4. Consume y serás consumido.
De hecho, la misma expresión "tiempo libre" es ya un reconocimiento por parte del sistema de que el tiempo de trabajo es un tiempo no-libre. ¿Pero acaso somos realmente libres en el "tiempo libre"?

En primer lugar hemos de tener en cuenta que una gran parte de nuestro "tiempo libre" lo gastamos en cosas ligadas al trabajo: prepararnos para el trabajo, ir al trabajo, comer entre horas de trabajo, volver del trabajo, descansar del trabajo, pensar en el trabajo, buscar trabajo, etc. Podemos afirmar que el trabajo invade gran parte de nuestro tiempo fuera de él. Pero no sólo lo invade, sino que también lo contagia de su miseria. La imposibilidad de ser creativos y autogobernados en nuestros trabajos frecuentemente se convierte en incapacidad para serlo fuera de ellos. Por ejemplo, muy difícilmente una cajera que trabaje ocho horas al día en un supermercado cobrando a la gente sin cesar - un trabajo absolutamente repetitivo y falto de creatividad, en el que casi no hay que pensar - podrá ser una persona libre y creativa en su "tiempo libre". Lo más probable es que la cajera tienda a reproducir el comportamiento que tiene en el trabajo en los demás campos de su vida y se convierta en una persona poco reflexiva e incapacitada para ser autónoma. Y esta es una de la más graves repercusiones que tiene la miseria del trabajo sobre nuestra personalidad. Como los trabajos que estamos obligados a realizar son alienantes, aburridos y estúpidos, nos acabamos convirtiendo en personas alienadas, aburridas y estúpidas. Además, el trabajo, tal como esta organizado actualmente, tiende a provocar apatía y pasividad. Esto es debido a que mucha gente cree que como el esfuerzo que hacen en su trabajo les produce infelicidad, cualquier esfuerzo les producirá el mismo resultado y en consecuencia evitan cualquier tipo de esfuerzo en su "tiempo libre". Esto produce gente sin ilusión por nada cuya idea de felicidad es la inactividad total, vegetar delante la pantalla de televisión durante horas, cuando esto, realmente, no hace feliz a nadie.

La libertad de nuestro "tiempo libre" es la de escoger en cual de los productos del mercado gastamos nuestro dinero. Más que "tiempo libre", el sistema nos otorga un "tiempo de consumo" que tiene la imprescindible función de crearnos las necesidades ilusorias que le darán algún sentido a nuestro trabajo. La misma inercia social que nos empuja a trabajar es la que nos presiona a consumir. De hecho, el consumo es la otra cara de la miseria del trabajo.


5. Mamá, si trabajar no es como un juego…yo no trabajo!
El análisis de las condiciones que provocan la miseria del trabajo no tendría ningún sentido si no se propusiese como objetivo final la modificación de dichas condiciones y por tanto la completa transformación del trabajo. Hasta ahora no hemos hecho más que enumerar y describir las causas y consecuencias de la miseria del trabajo actual, algo que todo trabajador conoce muy bien ya que lo vive cada día en carne propia. Ahora debemos empezar a imaginar alternativas que se puedan llevar a la práctica. Es absurdo y contraproducente intentar disminuir la "precariedad laboral" maquillando y reformando el trabajo asalariado como hacen los partidos de izquierda y sindicatos (6); nuestra aspiración debe ser mucho más pretenciosa: erradicar la miseria del trabajo desde su raíz, destruir por completo la concepción y la realización del trabajo actual para crear un nuevo modelo de trabajo. Sin embargo, hablar de un nuevo modelo de trabajo es hablar de un nuevo modelo de sociedad.

¿Podemos imaginar una manera mejor de entender y realizar el trabajo? ¿Somos capaces de alejarnos de la lógica capitalista que tan interiorizada tenemos y concebir otras formas de relación social? Con el fin de perpetuarse, el sistema nos ha inculcado su ideología y valores y por eso nos es extremadamente difícil imaginar otras formas de organización económica, social y política. Sin embargo, para superar la miseria del trabajo es necesario criticar radicalmente la totalidad del orden establecido, proponer alternativas viables y llevarlas a cabo a través de un proceso de transformación revolucionario.

La clave está en eliminar la separación entre trabajo y ocio. Esta es la división temporal básica sobre la que se asienta toda la estructura capitalista de producción y consumo. Todo el mundo tiene muy claro que hay un "tiempo de obligaciones" - que primero se materializa en el tiempo académico y posteriormente en el tiempo laboral - y un "tiempo libre" o de ocio. Esta idea y su consecuente práctica, tan exitosamente inculcadas e impuestas entre nosotros, son lo primero que hay que suprimir. El trabajo, entendido como tiempo de sacrificio, esfuerzo desagradable y producción descerebrada, debe dejar de existir. El ocio, entendido como tiempo de consumo absurdo, contemplación pasiva y pasatiempos insulso, debe dejar de existir. Ambos deben fundirse en un solo tiempo, tiempo verdaderamente libre, tiempo de vida, con diversidad de actividades y momentos - lúdicos, productivos, creativos, emocionantes, de descanso, etc-.

Trabajar debe ser un placer, algo que se hace siempre por voluntad propia. Como jugando, debemos trabajar para lograr un resultado final, pero siempre disfrutando el proceso. Además, debemos tener el control absoluto sobre el proceso y el resultado final nos ha de pertenecer totalmente. Hemos de ser verdaderamente libres para decidir qué, cómo, cuándo y cuánto producimos y en qué, cuánto tiempo, a qué ritmo y en qué condiciones trabajamos. Solo a través de la autogestión podremos sentirnos realmente involucrados en nuestra labor y disfrutarla plenamente.

La especialización obligatoria debe ser erradicada. Para superar la miseria del trabajo las personas han de dejar de ser etiquetadas como "maestros", "conductores de autobús" o "paletas"; solamente ha de haber personas capacitadas para y con ganas de dar clases, conducir autobuses y construir casas. Simplemente tareas para hacer y personas que las hacen; nada de oficios ni puestos de trabajo permanentes. Quien quiera especializarse en uno o varios trabajos ha de poder hacerlo, pero no ha de ser forzado a ello como lo es hoy en día. La organización y distribución laboral ha de surgir de manera natural para que cada uno pueda realizar las tareas y actividades que le interesen en cada momento.

La tecnología ha ser puesta realmente a favor del hombre y de su liberación del trabajo. Esto, juntamente con una racionalización del consumo y una colectivización generalizada de los recursos permitiría desprendernos de la mayor parte del trabajo que hacemos hoy en día. Hace veinte años, Paul y Percival Goodman estimaron que tan solo con hacer un cinco por ciento del trabajo que se hacía entonces, podríamos satisfacer todos todas nuestras necesidades de comida, ropa y vivienda. Probablemente, hoy en día, con el desarrollo tecnológico que se ha hecho desde entonces, este porcentaje sería bastante inferior. Esto quiere decir que si nuestra sociedad fuese organizada de una manera más inteligente bastaría con que cada individuo trabajase menos de dos horas semanales para que toda la sociedad tuviese las necesidades básicas cubiertas. Evidentemente esto no significa que todo el mundo trabajase solo las dos horas semanales necesarias, la gente trabajaría por la satisfacción y el crecimiento personal que esta actividad les aportaría y esto nos llevaría probablemente a una gran producción material, artística e intelectual.

Si el trabajo es realizado de la manera que venimos describiendo es fácil crear una economía basada en el "regalo". Todo el mundo regalando el producto de su trabajo a los demás y a la vez recibiendo el producto de los trabajos de los demás como regalo. Una economía así daría lugar a un intercambio constante, libre y sin dinero de productos y servicios. Es una forma económica radicalmente opuesta al capitalismo. Si los principios de la lógica capitalista son la competencia, el individualismo y el "robo" al prójimo: "cuanto más beneficio obtenga yo a costa de él, mejor"; los principios de esta forma económica son la cooperación, la comunidad y el "regalo" al prójimo: "cuanto más le pueda dar yo a él, mejor". A primera vista, alguien que tenga muy interiorizada la lógica capitalista puede pensar que esto es imposible de llevar a cabo porque va en contra de la naturaleza humana, que es egoísta. Numerosos ejemplos demuestran lo contrario. El amor y su expresión en el sexo, por ejemplo. En una relación amorosa sana, cada individuo intenta dar el máximo de si mismo porque siente una gran satisfacción en "regalar" y complacer al otro. En el sexo pasa lo mismo, cuanto más placer se da a la otra persona más placer recibe uno mismo. El amor y el sexo son dos paradigmas perfectos de la lógica de la economía del "regalo" (7). También podemos observar el funcionamiento de este tipo de economía en muchas culturas indígenas de la costa noroeste de la antigua China (8). El prestigio, en estas sociedades, no era para quien poseía más, sino para quien daba más a los demás. Los individuos se sentían más felices cuanto más podían ofrecer a su comunidad. Podemos encontrar ejemplos más cercanos de economías del regalo funcionando en algunos ámbitos de nuestra sociedad actual, por ejemplo, en internet. Una gran cantidad de gente crea páginas web personales y temáticas en las que se ofrecen, sin ningún ánimo de lucro, valiosas informaciones, documentos, ideas y recursos. La autores de estas páginas dedican un gran esfuerzo a ellas, esfuerzo que hacen por el gratificante placer de regalar su labor a los demás. Así, se crea un mundo en el que todo el mundo da gratuitamente lo que puede a los demás - en forma de página web, en este caso - y recibe lo que quiere también gratuitamente. Y esto es lo que hace que la economía del regalo sea la forma económica más justa que existe, el hecho de que cada uno da según su posibilidades y recibe según sus necesidades

(1) En “Le droit à la paresse” de 1883, Paul Lafargue argumentó, pasándose brillantemente por el forro toda la glorificación del trabajo que hacían las organizaciones obreras, que el trabajo era la principal causa de la infelicidad humana. 
(2) En efecto, esta es una de las características comunes en todas las grandes empresas: la falta de poder de decisión en todos los eslabones de su jerarquía. Mientras en una pequeña empresa los empleados tienen cierto control sobre su labor y pueden influir y dialogar con el jefe, en una gran empresa todo el trabajo queda infinitamente distanciado de los puestos de decisión. 
(3) Trabajando estemos poniendo parte de nuestro ser en el producto que producimos: le estamos transfiriendo nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra inteligencia. Es por esto que este producto es algo así como un hijo nuestro, lo hemos llevado al mundo nosotros y de manera natural nos pertenece.
(4) Como dice Debord, la función del sistema de enseñanza es la enseñanza del sistema. (5) Es decir, antes la diferencia entre el esclavo y el señor era política y ahora es económica. Antes unos tenían la condición de esclavos y eran obligados por la fuerza a trabajar para sus amos, y los otros tenían la condición de amos y se aprovechaban del trabajo de los esclavos. Ahora unos no tienen dinero –los trabajadores- y se ven obligados a trabajar para su empresa para poder sobrevivir, y otros tienen dinero y capital –los empresarios – y se aprovechan de los trabajadores para enriquecerse.
(6) Estas organizaciones, que dicen defender los intereses de la clase trabajadora, lo que hacen en realidad es enmascarar y suavizar la miseria del trabajo para que el proletariado se integre sin rechistar al sistema de explotación. Cualquier intento revolucionario de cambiar seriamente las condiciones del trabajo y por tanto la estructura de la sociedad, es condenado y reprimido por estas organizaciones.
(7) Sin embargo, en al actualidad, desgraciadamente, muchas relacio- nes amorosas y sexuales son malsanas y infelices debido precisa mente a que están influenciadas por la lógica capitalista del máximo beneficio y del intercambio equitativo. En estas relacio- nes sus componentes no intentan regalar el máximo sino absor-berlo. 
(8) Por ejemplo los Kwakiutl, Tlingit, Chinook, Nootka.